10.11.09

LA CELEBRACIÓN DE LA MISA FUERA DE UN LUGAR SAGRADO

Comenzamos este artículo con una pregunta. ¿Puede y es lícito celebrarse la Misa fuera de un templo, al aire libre, en un edificio o en un domicilio particular?. La respuesta es sí, pero con unos requisitos que ahora analizamos.
El sacrificio del Señor se ofrece, como norma general, en un lugar sagrado, entendiéndose por tal un templo debidamente consagrado. Ahora bien, por justa causa o necesidad se puede celebrar en otro lugar, que debe ser adecuado (por ejemplo un cementerio al aire libre o las llamadas misas de campaña). Vemos ahora que significa adecuado y que requisitos requiere la celebración fuera de un templo.
La Misa se celebra normalmente en un altar que ha debido ser dedicado o bendecido; fuera de un lugar sagrado puede celebrarse en una mesa apropiada pero siempre con ornamentos de altar (mantel) y con corporal.
Por tanto, para no perder el significado de la celebración eucarísti­ca, el celebrante debe asegurarse de que se cumplen todos los requisi­tos necesarios para oficiar la Misa fuera del lugar sagrado: deberá determinar en primer lugar si es realmente necesario usar ese lugar como lugar sagrado. Si hubiese una iglesia o capilla cercana nada puede justificar el uso de otros lugares (una clase, sala de conferencias, auditorio y similares).
Una vez decidido que el lugar es adecuado para la celebración de la Eucaristía debe tener muy en cuenta que no deben utilizarse para la celebración comedores y mesas en los que de ordinario se coma, dejando esta posibilidad como la última de las existentes. Una mesa «apropiada» debe­rá ser una que tenga una superficie lo suficientemente amplia para contener los vasos sagrados, misal, cruz y velas; que sea lo suficientemente alta para que el sacerdote pueda estar de pie delante de ella durante la celebración (por tanto, una mesilla o similar no es apropiada); estar limpia y que no se relacione con usos que puedan inducir a escándalo o al ridículo. Se pondrá una sede digna para el celebrante cerca del altar y en la medida de lo posible se empleará un atril portátil. Si la ocasión es solemne debe cubrirse el altar con un dosel a modo de techo.
Los requisitos básicos para la Misa son: lienzos dignos para el altar, vasos para el vino y el agua, un cuenco para lavar las manos del sacerdote, una toalla de mano y en o cerca del altar, un crucifijo y velas. Por lo general, el sacerdote aportará el pan y el vino, cáliz, patena, cor­poral, purificador y los ornamentos: alba, estola y casulla, misal y leccionario.
Donde el Ordinario lo permita y con el permiso del párroco, la Misa podrá celebrarse en un domicilio particular. Durante una Misa doméstica (generalmente por causa de enfermedad grave de algún residente) deberán ayudar como lectores y ayudantes algunos de los miembros de la fami­lia. Se exhortará a todos los familiares a preparar las mejores ropas, vasos, etc., para el honor de Dios. Pueden, de acuerdo con sus recursos, colocar flores frescas en o cerca del altar y si es costumbre también se puede colocar en el altar una imagen sagrada a la que tengan gran devoción.
Cuando la Misa se celebra al aire libre se deben tomar precauciones razonables para evitar los efectos del polvo, el viento o el clima, colocando pesos en los lienzos del altar o cubriendo el cáliz con un paño adecuado. La patena deberá tener una cubierta y se permite colocar un disco metálico sobre la Hostia durante la celebración para evitar que vuele. Asimismo el copón deberá tener una cubierta segura o bien podrá taparse con una cubierta plana durante la distribución de la Comunión. Por último es de sentido común poner cristales protectores en los cirios y proteger los micrófonos contra los efectos del viento.

25.10.09

LAS ROGATIVAS Y LAS TEMPORAS

Las Rogativas (del latín rogare, rogar) o Letanías (del griego litaneia, súplica u oración), son oraciones solemnes instituidas por la Iglesia para ser rezadas o cantadas en ciertas procesiones públicas y para determinadas y extraordinarias necesidades. Entre estas celebraciones que tienen lugar en diversos tiempos determinados, es preciso señalar las Letanías mayores (25 de abril, fiesta de San Marcos), las Letanías menores o Rogativas (triduo que antecede a la Ascensión) y las Cuatro Témporas.
El Papa y los Obispos pueden prescribirlas a los fieles en las calamidades y necesidades públicas, pero entonces figuran como actos extralitúrgicos. Los calificativos de mayores y menores sólo sirven para distinguir unas de otras. La Iglesia en diversos tiempos del año, de acuerdo con las enseñanzas tradicionales, completa la formación de los fieles mediante ejercicios de piedad espirituales y corporales: la instrucción, la plegaria, la penitencia y las obras de misericordia (SC, 105).
Las llamadas Letanías mayores han sido suprimidas, porque tenían su origen en un rito estrictamente local de la Iglesia romana; con la institución de esta procesión, los Papas querían sustituir, de hecho, con un rito cristiano, una antigua costumbre heredada de los cultos paganos.
Las Rogativas, instituidas en la Galia por san Mamerto, Obispo de Viena, hacia el 475, tenían su origen en las plegarias públicas elevadas a Dios, juntamente con el ayuno, para alejar las calamidades. Se convirtieron después en procesiones lustrales del tiempo de primavera, para obtener del Señor que se dignase dar y conservar los frutos de la tierra.
Es evidente, por tanto que las Rogativas no pueden celebrarse los mismos días en cualquier lugar, y que no pueden tener el mismo significado o la misma importancia en la ciudad o en el campo; por eso se pide a las Conferencias Episcopales que regulen su celebración.
Las cuatro Témporas
Las cuatro Témporas del año son los días en que la Iglesia oraba insistentemente a Dios dándole gracias y pidiéndole por las varias necesida­des de la humanidad, por los frutos del campo y el trabajo de los hombres. Al comienzo de las cuatro estaciones (de ahí las «cuatro Témporas» o tiempos), se dedicaban los tres días más penitenciales de la semana, miérco­les, viernes y sábado, al ayuno y a la oración, con esas intenciones. Parece una institución de origen claramente romano, tal vez ya desde el siglo V, en conexión con la vida agrícola y el ritmo de las estaciones del año. Caían en la primera semana de Cuaresma, la semana siguiente a Pentecostés, los días siguientes al catorce de septiembre (Exaltación de la cruz) y en Adviento.
En la última reforma del Calendario se ha dejado que cada Conferencia Episcopal, si le parece oportuno, adapte fechas y contenidos de estas Témporas a las circunstancias del propio pueblo (NU 45-47). El Episcopado español decidió que se celebrasen estos días de acción de gracias y de petición el cinco de octubre, al inicio de las nuevas actividades escolares y sociales después del verano y de las cosechas. Se pueden celebrar en un solo día o en tres días. Si el cinco de octubre cae en domingo se pasaría al lunes. Tienen su formulario en las misas por diversas necesidades, escogiéndose la que se vea más oportuna.
Esa también evidente que, dependiendo del lugar del planeta, habrá unas fechas más oportunas que otras.

4.10.09

LA NARRACIÓN DE LA INSTITUCIÓN Y LA CONSAGRACIÓN

El momento culminante del sacrificio eucarístico, el más sagrado, es la parte de la Plegaria eucarística en la cual se narra la institución y se consagra. En estos momentos es bueno que el celebrante tenga presentes estas palabras de Juan Pablo II: “El culto eucarístico madura y crece cuando las palabras de la Plegaria eucarística, y espe­cialmente las de la Consagración, son pronunciadas con humildad y sencillez, de manera comprensible, correcta y digna, como corresponde a su santidad; cuando este acto esencial de la liturgia eucarística es realizado sin prisas; cuando nos com­promete a un recogimiento tal y a una devoción tal, que los participantes advierten la grandeza del misterio que se realiza y lo manifiestan con su comportamiento''.
El pueblo, si no se ha arrodillado después del Sanctus o en la epíclesis, estará de rodillas, a no ser que lo impida la estrechez del lugar o la aglomeración de la concurrencia o cualquier otra causa razonable.
Consagración del pan
Después de la epíclesis, momento en que se pueden tocar brevemente las campanillas, el celebrante junta las manos. Toma una forma grande en sus manos en las palabras “tomó pan” con el dedo índi­ce y pulgar de cada mano, o con otros dedos si la forma es muy grande. No toma con las manos la patena o el copón. Tampoco parte o des­menuza el pan en las palabras “lo partió”.
Se inclina ligeramente hacia adelante mientras dice las palabras de la Consagración que han de pronunciarse con claridad, como requiere la natu­raleza de éstas: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”. Si conoce las palabras de la Consa­gración de memoria –como es normal– puede mirar al pan, y no hacia el libro o bien hacia el pueblo. Puede bajar la voz ligeramente así como el ritmo de las pala­bras, para que tanto él mismo como el pueblo sean atraídos por la acción sublime de Cristo en su Iglesia.
La elevación de la Hostia debe ser un mostrar el Cuerpo de Cristo al pueblo de manera respetuosa y con pausa. Después de decir las pala­bras de la Consagración, el celebrante permanece de pie, erguido, manteniendo aún la Hostia, que reverentemente levanta sobre el corporal. Es preferible elevar la Hostia al menos hasta la altura de los ojos, donde se oculta la cara del celebrante. La acción es más significativa si levanta más la Hostia sin estirarse.
Cuando sostiene la Hostia con los dedos índice y pulgar de ambas manos, los otros dedos deben permanecer juntos y doblados, en cualquier caso procurando no tapar la Hostia a la vista del pueblo. Es preferible una vez elevada parar un momento y luego bajar la Hostia lentamente y con reverencia hacia la patena. Luego, poniendo ambas manos en el corporal, hace una genuflexión adorándolo, sin prisa y sin inclinar la cabeza.
Consagración del vino
El celebrante quita la palia, a no ser que el diácono o el acólito la hayan quitado durante la epíclesis. En las palabras “tomó este cáliz glorioso” o sus equivalentes en las distintas Plegarias eucarísticas, toma el cáliz, preferiblemente cogiendo el nudo con la mano derecha y sosteniendo la base con la mano izquierda, manteniéndolo recto –no inclinado hacia él– lo levanta un poco sobre la superficie del altar, y luego se incli­na mientras dice de forma distinta las palabras de la Consagración. Ya que se inclina ligeramente, con naturalidad, dirige su mirada al cáliz, no hacia el libro, mientras dice: “Tomad y bebed... Haced esto en con­memoración mía” manteniendo el mismo tono de voz y ritmo de las palabras que en la Consagración del pan.
Estando erguido, eleva el cáliz con cuidado, con ambas manos, por encima del corporal. Es preferible levantar la base del cáliz hasta la altura de los ojos, o más alto. Se detiene un momento antes de bajar el cáliz despacio y con reverencia al corporal. Luego, pone ambas manos en el corporal y hace una genuflexión en adoración, sin prisa y sin inclinar la cabeza, tal como hizo con el Pan. Si se usa palia, la coloca sobre el cáliz antes de hacer la genuflexión. El sacerdote puede decir mentalmente una oración de adoración en las elevaciones, pero nunca de forma audible. En cada elevación puede tocarse la campanilla, de acuerdo con la costumbre local. Si se utiliza incienso, se inciensa la Hostia y la Preciosa Sangre en cada elevación por un turiferario que, de rodillas y delante del altar, da tres golpes dobles en los momentos de mostrar al pueblo las divinas especies.

19.9.09

LAS INSIGNIAS PONTIFICALES

Se conocen por ese nombre a los objetos distintivos que identifican al pontífice, o sea, al obispo y que son: anillo, báculo, mitra, solideo, cruz pectoral, palio y capa magna como más significativos.
Los obispos –del griego skopos=vigilar– son sucesores de los apóstoles, por lo cual siempre el pueblo cristiano y la liturgia les ha cedido un lugar de honor destacado. El obispo debe ser considerado como el gran sacerdote de la grey ya que ha recibido la totalidad del sacerdocio de Cristo. La ordenación de diáconos, sacerdotes y obispos pertenece únicamente a los obispos. Solo el papa tiene autoridad para elegir nuevos obispos.
Los obispos son pastores en su diócesis, en comunión con el Papa, Vicario de Cristo. Por si solos, los obispos y las conferencias episcopales no poseen el carisma de la infalibilidad.
Como signos materiales que les distinguen figura en primer lugar el anillo episcopal. En la antigüedad, el anillo era signo de autoridad, ya que con el anillo se sellaban los documentos y órdenes. Hoy significa el matrimonio del obispo con su Iglesia. Debe llevarlo siempre.
El báculo, bastón con forma curva en el extremo superior en la que se graban figuras, pasajes bíblicos o símbolos cristianos, simboliza el cayado del pastor y es signo de la autoridad episcopal.
La mitra es un ornamento usado, además de los obispos, también por el Papa y abades de la Iglesia. Es un signo de dignidad episcopal junto con el báculo. Se usa en las grandes ceremonias donde el obispo presida. Es prenda de cabeza con forma cónica llevando una hendidura en el centro y dos cintas pequeñas que cuelgan a la espalda llamadas ínfulas. El Ceremonial de los Obispos dispone que el obispo, antes de acercarse al altar, entregue el báculo, se quite la mitra, haga profunda reverencia al altar y enseguida suba y bese el altar. Si hay incensario inciensa el altar y la cruz, para dirigirse a la Sede.
El solideo es una prenda episcopal, usada únicamente por el Papa, cardenales y obispos. El del Papa es blanco, el de los cardenales rojo y el de los obispos es morado. Lo usan sobre la cabeza en las principales ceremonias como signo del episcopado.
La cruz pectoral o pectoral como normalmente se le conoce probablemente proviene de las eucoplías o láminas de metal en forma de cruz que contenían las reliquias de los mártires. La llevan los obispos y el Papa. La cruz pectoral se sostiene con una cadenilla colgando del cuello y siempre debe llevarla.
El palio es una banda de lana blanca con seis cruces negras que rodea los hombros, colgando por delante y por detrás. Se fabrica con lana de cordero y se bendicen en la basílica Vaticana en la Misa de la festividad de los Apóstoles Pedro y Pablo. Como símbolo de la plenitud de la dignidad pontifica es una insignia honorífica y jurisdiccional propia del Papa y de los arzobispos que simboliza al Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. A veces se concede también a algunos obispos o sedes episcopales. El arzobispo residencial que haya recibido ya del Romano Pontífice el palio, lo lleva sobre la casulla, dentro del territorio de su jurisdicción.
La capa magna, en desuso, es una capa violácea, sin armiño, y que sólo puede ser usada en su diócesis y en las festividades más solemnes. También pueden usar sandalias, medias y guantes del color litúrgico del día.
El hábito coral del obispo, tanto en su diócesis como fuera de ella, consiste en sotana color morado, una banda de seda del mismo color con los flecos de seda, roquete, muceta de color morado, cruz pectoral sostenida sobre la muceta por un cordón color verde, solideo color morado y los bonetes del mismo color.
Las vestiduras de los obispos, fuera de las celebraciones litúrgicas y en circunstancias solemnes, consta de sotana negra adornada con ribetes, ojales, botones de color morado, faja de color morado con flecos de seda y una capa corta (esclavina), también adornada con ribetes morados.
Durante la Misa, el obispo lleva estola y casulla, pudiendo llevar debajo la dalmática o tunicela, como símbolo de la plenitud de su ministerio.

6.9.09

LA POSTRACIÓN

La palabra postración proviene del latín «pro-sternere», extender por tierra. Es una de las posturas más impresionantes empleadas en nuestra liturgia. Consiste en que una persona se tumba en el suelo –decúbito prono, o sea, boca abajo– y permanece así durante un determinado espacio de tiempo.
Esta postura corporal tan evidente es un signo claro de humildad, penitencia y súplica ante Dios.
En el Antiguo Testamento vemos como Abraham “cayó rostro en tierra y Dios le habló” (Gn 17,3), o como los hermanos de José “se inclinaron rostro en tierra” para mostrarle respeto y pedirle perdón. (Gn 42,6; 43,26-28; 44, 14). También Moisés “cayó en tierra de rodillas y se postró”ante el Dios de la Alianza" (Ex 34,8).
La postración aparece en el Nuevo Testamento cincuenta y nueve veces. En ocasiones aparece en narraciones de acontecimientos que ocurrieron; en otras, como en el Apocalipsis, son figuras metafóricas de adoración, pero no por ello menos apreciables. De todas ellas, la más impresionante es la oración del propio Jesús a Dios Padre en el Huerto de los Olivos, previa al prendimiento: dos evangelistas –San Mateo y San Marcos – coinciden en afirmar que rezó postrado (cayó de bruces, Mt 26,39; Mc 14, 35;). Para Lucas oró de rodillas (Lc 22, 41).
Así pues, la postración es una postura perfectamente documentada como signo litúrgico. Los que afirman que es una postura poco evangélica se equivocan. Hoy día nuestra sociedad acepta sin problemas la espiritualidad de determinadas posturas corporales en filosofías y credos orientales (budismo, yoga, hinduismo por citar algunos ejemplos) y sin embargo no se quiere reconocer ese valor en los signos litúrgicos cristianos, debido tal vez a una identificación de las posturas tales como arrodillarse o postrarse como una humillación o falta de libertad.
Hoy día, la postración se repite en la liturgia del Viernes Santo, cuando el sacerdote que preside la celebración entra en silencio y se postra –si puede o bien se arrodilla– mientras la comunidad se arrodilla.
También se postran los que van a ser ordenados para diáconos, presbíteros u obispos, mientras el pueblo entona las letanías de los santos orando sobre ellos. Los candidatos al sacramento se postran en tierra, mostrando su total disponibilidad y preparándose para recibir la gracia del Espíritu.
De igual modo se hace en la bendición de abad o y en las profesiones solemnes de los religiosos, si la costumbre se ha conservado.
Para finalizar digamos que la postración es una postura que también emplean otras religiones con profusión, como el Islam.


7.8.09

TÉRMINOS LITÚRGICOS DE DIFÍCIL NOMENCLATURA II

Seguimos con el anterior artículo definiendo algunos términos litúrgicos.
Intinción
Significa mojar algo en un líquido. Intinción es una forma de recibir la comunión consistente en que el ministro moja el pan consagrado en el vino consagrado y el fiel lo recibe.
Invitatorio
El invitatorio es una invocación dialogada seguida de un salmo (23, 66, 94 ó 99) con una antífona que va cambiando según las fiestas y los tiempos. Se dice como introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana; por ello se antepone o bien al Oficio de lectura o bien a las Laudes, según se comience el día por una u otra oración. En definitiva, es un salmo que invita y da el comienzo de los rezos diarios. Muy clásico es el salmo invitatorio 94: “Venid, aclamemos al Señor”
Lustración
Del latín lustrare –purificar–. Se refiere al empleo de las aguas como medios de apartar todo mal –aguas lustrales–. Se emplea en el bautismo y en algunos ritos asperjando, casi a modo de exorcismo, como en la dedicación de templos y altares. Este rito ya era practicado por griegos y romanos para purificar las ciudades, los campos, rebaños, casas, etc., así como los niños recién nacidos y las personas manchadas por un crimen o inficionadas por un objeto impuro
Memento
Palabra latina que significa –Acuérdate–. Es la palabra con la que comienza la oración por los vivos y por los difuntos dentro de la Plegaria eucarística –Acuérdate, Señor, de tu Iglesia...– y un poco después –Acuérdate de nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección...–
Muceta
La muceta es una prenda corta, a manera de esclavina ajustada, que cubre los hombros, parte superior de la espalda y pecho llegando hasta los codos y con botones en la parte delantera. La usan los prelados encima del roquete. El Papa usa una muceta color granate de seda en los meses de verano, y una de terciopelo rojo ribeteada de armiño blanco en los meses de invierno. Los cardenales la usan roja y los obispos morada. Dependiendo de la diócesis, los canónigos utilizan muceta morada o negra.
También es indumentaria universitaria, con el color de cada facultad.
Ocurrencia
Ocurrencia es la coincidencia o suceso de dos oficios litúrgicos en uno y en un mismo día. La causa principal de las ocurrencias son: por un lado la variabilidad de la fiesta y el ciclo de Pascua, mientras que las otras fiestas son fijas; también influye el cambio anual de los domingos ya que éstos caen sucesivamente en distintas fechas del mismo mes. Las ocurrencias pueden ser accidentales o perpetuas –si siempre coinciden–. En este caso la Santa Sede toma medidas para corregirlo, en lo posible. Un ejemplo: el calendario eclesiástico marca la fiesta de San Antonio de Padua el trece de Junio, y la de San Basilio el catorce de junio; siendo de rito doble estas dos fiestas tienen primeras y segundas vísperas. Así pues en la tarde del trece de junio las segundas vísperas de San Antonio y las primeras vísperas de San Basilio suceden al mismo tiempo, y se dice entonces que se produce una ocurrencia de ambos oficios. En otros casos hay que ver la prevalencia de las solemnidades y domingos sobre otras fiestas según las normas del calendario litúrgico.
Presantificados
Se llaman así a los dones eucarísticos consagrados en una celebración anterior. Así pues, la misa en la que se comulga con las especies consagradas anteriormente se denomina “misa de presantificados”. Un ejemplo claro en nuestra liturgia es el Viernes Santo, día en el que no se consagra aunque se reparte la comunión. Hoy día ese nombre está en desuso.
Rúbrica
La palabra proviene del latín –ruber- o sea, rojo. Se conoce por ese nombre a las indicaciones que en los libros litúrgicos vienen en rojo y que dan instrucciones sobre la forma de realizar el rito, modo de proclamar, posturas corporales, tono de voz y demás detalles.
Anteriormente a la reforma litúrgica se hablaba de “rubricionismo” para indicar que se insistía mucho en la forma, en el cómo, en la norma meramente formal, más que en el fondo de la liturgia. Hoy día las rúbricas se han reducido a su justa medida, siendo una ayuda importante para el sacerdote.
Salmodia
El término tiene varias acepciones. Se denomina así tanto al modo de cantar los salmos como conjunto de los salmos de un día o de una hora litúrgica concreta.
Las formas de cantar los salmos son varias:
· antifónicos, cuando se hace a dos coros
· responsorial, cuando la comunidad responde con un estribillo a las estrofas cantadas o recitadas por un solista
· litánico, cuando el mismo salmo tiene una respuesta breve y muy continuada a los versículos que el salmista recita
· directo, si toda la comunidad o el salmista recitan el salmo todo seguido
· dialogado, si el salmo admite a dos o más salmistas que personifican a los personajes del poema.
Sufragio
También este término tiene varias acepciones. En sentido cristiano se llama así a la protección que esperamos tanto de la Virgen como de los Santos. Al decir que por la intercesión de la Virgen queremos obtener una gracia en latín se dice “sufragiis sanctae Mariae...”.
También se conoce como “diócesis sufragánea” a la diócesis que, dependiendo de una archidiócesis, colabora con ella.
Pero sobre todo se emplea en esta tercera acepción que ahora explicamos. Nos referimos a los actos piadosos que se realizan para ayudar a los difuntos. Así, se habla de misa en sufragio por el alma de nuestro hermano... La iglesia siempre ofreció por los difuntos la Pascua de Cristo.

5.7.09

TÉRMINOS LITÚRGICOS DE DIFÍCIL NOMENCLATURA I

Vamos en una serie de artículos a definir algunos términos que se usan en Liturgia y que seguramente nuestros lectores hayan oído.
Comenzamos con el término
Anáfora. La palabra es griega y significa elevar, como oración que se eleva a Dios. Es otro de los varios nombres con los que se conoce a la Plegaria Eucarística, ápice de toda la celebración. Esta oración en la liturgia romana ha sido siempre única y pronunciada en voz baja por el sacerdote, hasta la reforma del Vaticano II.
Antipendio. Paño o tela ricamente decorada que cuelga cubriendo la parte delantera de algunos altares, hoy en desuso.
Bema. En las iglesias orientales se usa ese término para referirse al ambón.
Binar. Del latín –binare– significa arar la tierra por dos veces. En Liturgia se denomina así al hecho de decir dos misas en el mismo día. Esa acción en principio no se recomienda y queda prohibida, salvo los días de Navidad o difuntos. En caso de falta de sacerdotes y con el permiso correspondiente el sacerdote puede decir dos y hasta tres misas en el mismo día (domingos y fiestas de precepto) , siempre con causa justificada (canon 905 del CDC).
Calenda. Palabra latina que significa anunciar (de ahí calendario). En la liturgia se llama calenda al anuncio de la Navidad que se realiza hoy día en las primeras Vísperas de Navidad o en el rito de entrada de la Misa del gallo. También se anuncia solemnemente la Epifanía el seis de enero tras el Evangelio. Consiste en anunciar las fiestas móviles del año litúrgico en curso.
Diurnal. Diurnal es aquello que sucede de día, en contraposición a lo que sucede de noche. El Liturgia se llama así al libro que contiene el rezo de la Liturgia de la Horas correspondientes al día: Laudes, Hora intermedia, Vísperas y Completas.
Doxología. Se llama doxología a la alabanza o bendición, generalmente trinitaria, que sirve de conclusión a una oración o himno. En la Misa la principal doxología es la que remata la Plegaria eucarística: “Por Cristo, con Él y en Él...” También el himno Gloria es doxológico así como la aclamación tras el Padre nuestro “Tuyo es el reino...” El ejemplo más popular de doxología es el “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu santo..”.
Embolismo. Palabra proveniente del griego que significa añadir. En la liturgia se emplea para designar al comentario que se añade al Padrenuestro “Líbranos de todos los males...”.
Epíclesis. Se conoce con ese nombre a la invocación que se hace a Dios para que envíe su Espíritu y transforme las cosas o personas. En la misa hay dos epíclesis, dentro de la Plegaria eucarística, pero también se da en la celebración de todos los sacramentos, dentro de la oración consecratoria de cada uno de ellos.
Eulogia. Es sinónimo de bendición. También entre los primeros cristianos se llamaba así al pan bendecido que se repartía a los fieles en los ágapes vespertinos de las comunidades primitivas. No se debe confundir con el pan eucarístico.
Eucologia. Es una palabra proveniente del griego: euché = oración, y lógos = discurso. Se conoce por ese nombre la ciencia que estudia las oraciones y las normas que rigen su formulación. En un sentido menos propio, pero ya de uso corriente, la eucología es el conjunto de oraciones contenidas en un formulario litúrgico, en un libro o, en general, en los libros de una tradición litúrgica. Se habla de eucología mayor o menor en función de su importancia y extensión.
Hebdomadario. La palabra griega significa semana. Con ese nombre se designa al sacerdote, monje o monja que en una comunidad le toca realizar durante una semana el servicio de dirigir la Liturgia de las Horas o la Misa conventual.

21.6.09

PROCEDIMIENTO PARA LAS CANONIZACIONES

Abordamos este tema por considerarlo de interés, aunque no sea de temática liturgica propiamente dicho
Remontándonos en el tiempo, el papa Sixto V promulgó la Constitución "Immensa Aeterni Dei" en 1588, creando la Sagrada Congregación de los Ritos y le confió la tarea de regular el ejercicio del culto divino y de estudiar las Causas de los Santos. Ya en el siglo XX Pablo VI, con la Constitución Apostólica "Sacra Rituum Congregatio" en 1969 dividió la Congregación de los Ritos, creando dos Congregaciones, una para el Culto Divino y otra para las Causas de los Santos.
La Constitución Apostólica "Divinus perfectionis magister" del 25 de enero de 1983 y las respectivas "Normae servandae in inquisitionibus ab episcopis faciendis in causis sanctorum" del 7 de febrero de 1983, dieron lugar a una profunda reforma en el procedimiento de las causas de canonización y a la reestructuración de la Congregación, a la que se le dotó de un Colegio de Relatores, con el encargo de cuidar la preparación de las 'Positiones super vita et virtutibus (o super martyrio) de los Siervos de Dios.
La Congregación tiene actualmente 34 miembros –cardenales, arzobispos y obispos-, un Promotor de la fe (prelado teólogo), cinco relatores y 83 consultores. La Congregación prepara lo necesario para que el Papa pueda proponer nuevos ejemplos de santidad.
El procedimiento se inicia cuando el obispo, bien por propia iniciativa o por instancias de fieles o de grupos legítimamente constituidos o de sus procuradores, inicia la investigación sobre la vida, virtudes o martirio y fama de santidad y milagros atribuidos.
En estas investigaciones el obispo debe proceder según el orden siguiente:
1º El postulador de la causa nombrado recogerá una detallada información sobre la vida del Siervo de Dios, y se informará al mismo tiempo sobre las razones que parecen favorecer la promoción de la causa de canonización.
2º El obispo procurará que sean examinados por censores teólogos los escritos publicados por el Siervo de Dios.
3º Si no se encontrara en dichos escritos nada contrario a la fe y a las buenas costumbres, el obispo encargará a personas idóneas examinar los demás escritos inéditos (cartas, diarios, etc.) y todos los documentos que de alguna manera hagan referencia a la causa. Estas personas, después de haber realizado fielmente su trabajo, harán una relación de las investigaciones llevadas a cabo.
4º Si con lo hecho según las normas anteriores, el obispo juzga prudente que se puede seguir adelante, procurará que se interroguen a los testigos presentados por el postulador y otros debidamente convocados por oficio. Una vez realizadas las investigaciones, se envía la relación de todas las actas por duplicada a la Sagrada Congregación, junto con un ejemplar de los libros del Siervo de Dios examinados por los censores teólogos, y con su juicio. El obispo diocesano y el postulador de la Causa piden iniciar el proceso de canonización, presentando a la Santa Sede un informe sobre la vida y las virtudes de la persona. La Santa Sede, por medio de la Congregación para las Causas de los Santos, examina el informe y dicta el Decreto diciendo que nada impide iniciar la Causa (Decreto "Nihil obstat"). Este Decreto es la respuesta oficial de la Santa Sede a las autoridades diocesanas que han pedido iniciar el proceso canónico. Obtenido el Decreto de "Nihil obstat", el obispo diocesano dicta el Decreto de Introducción de la Causa del ahora Siervo de Dios.
Así pues el procedimiento actual es el siguiente: primeramente es declarado como “Siervo de Dios”, que es el nombre que se da al iniciar el proceso en las diócesis. Se llaman Siervos de Dios aquellos cuya Causa ya ha sido introducida oficialmente, y cuyo iter prevé la doble fase ya relatada: la diocesana (celebración del proceso) y la romana (elaboración de la Posición y juicio sobre ella).
Posteriormente se le denomina “Venerable” después de que el Papa haya emitido el Decreto que reconoce el grado heroico de las virtudes. Se llaman Venerables aquellos de quienes ya ha sido firmado y leído, en presencia del Papa, el Decreto sobre la heroicidad de las virtudes. Dicho Decreto constituye la etapa final del largo itinerario de una Causa y va precedido de un doble examen: el de los Consultores Teólogos y el de los Cardenales.
Desde este momento le basta al candidato un milagro para ser declarado “Beato”. Esta calificación le da el derecho a la veneración en su respectiva diócesis o en un instituto de vida consagrada. La beatificación es un acto pontificio, aunque será presidido por un representante del Papa, generalmente el Prefecto de la Congregación. El beato será proclamado tal en la diócesis que ha iniciado su proceso, aunque a petición del obispo puede ser también en Roma. Si el candidato ha sufrido el martirio por la fe puede ser declarado beato sin necesidad de demostrar milagro alguno, basta la declaración oficial de su martirio. Así ha ocurrido recientemente con los mártires de la Guerra Civil española.
Y se necesita un segundo milagro para ser proclamado “Santo”, o sea, modelo universal de virtud. Las canonizaciones deben ser presididas por el Papa y al igual que las beatificaciones, se realizarán dentro de la Misa. Una vez canonizado su culto es universal.
Esa causa tiene una figura, popularmente llamada como “abogado del diablo” (en latín advocatus diaboli) o promotor de la fe (en latín Promotor Fidei) que era en definitiva el procurador fiscal en los antiguos juicios o procesos de canonización. Actualmente se denomina desde las reformas de 1983 como promotor de la justicia (promotor iustitiae). El oficio de este abogado, generalmente clérigo doctorado en derecho canónico, era objetar, exigir pruebas y descubrir errores en toda la documentación aportada para demostrar los méritos del presunto candidato a los altares como beato o santo. Si bien su papel, un tanto antipático, le hace aparecer como alineado entre las filas de los que se oponen al candidato (de donde procede el mote de «abogado del diablo», para este «defensor del otro bando») en realidad se encargaba de defender la autenticidad de las virtudes del que será propuesto como modelo a imitar por el pueblo católico.
Los milagros atribuidos sobre los que el relator encargado elabora una ponencia, se examinan en una reunión de peritos (si se trata de curaciones, en el Consejo de médicos), cuyos juicios y conclusiones se exponen en una relación detallada y los milagros han de ser discutidos después en un Congreso especial de los teólogos, y por fin en la Congregación de los padres cardenales y obispos.
Desde el fallecimiento de la persona hasta que se inicie una causa de santidad tienen que pasar al menos cinco años, aunque puede haber excepciones como ha sucedido con la causa de Juan Pablo II que ha tardado poco más de un mes en abrirse. El pueblo lo pidió a voces en la misma Plaza de San Pedro del Vaticano.

2.6.09

EL PAPEL DEL DIÁCONO EN LA MISA III

Continuamos en esta nueva entrega analizando el papel del diácono en la misa, ahora en la Liturgia eucarística.
Preparación de los dones
Es un servicio típicamente diaconal. El sacerdote debe quedarse en la sede hasta que el diácono haya terminado este servicio. El diácono coloca el misal en el altar, que ha debido permanecer vacío hasta momento, va a la credencia a preparar el cáliz y lo trae al altar junto con el corporal y el purificador. En ese momento el sacerdote sube al altar, y recibe la patena de mano del diácono. Si hay procesión de ofrendas el sacerdote va a la entrada del presbiterio para recibir de los fieles el pan y el vino que traen desde la nave central. Recordamos que se deben llevar solamente pan sobre la patena o una bandeja con las hostias chicas (y la grande) y el vino. No debe llevarse el cáliz con palia, corporal y purificador, ni la vinajera con agua ya que el agua no es “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”.
El diácono inmediatamente entrega al sacerdote la patena o la bandeja de pan, y prepara el cáliz a un lado del altar, echando vino con la gota de agua (este rito ya hemos indicado que puede también hacerse en la credencia, si no se recibe los dones de los fieles).
Antes de la plegaria eucarística, si no hay acólito, ayudará en el lavabo de las manos teniendo previsto que en el misal debe estar en la página de la Oración sobre las ofrendas, ejerciendo su función “ad librum”.
Ni que decir tiene que el diácono debe conocer perfectamente la “geografía” del Misal para indicar el texto que el sacerdote debe proferir.
La plegaria eucarística
Durante la plegaria eucarística, el diácono permanece junto al sacerdote, pero un poco detrás de él, para asistirlo, cuando sea necesario “ad calicem o ad missalem”, o sea, para cubrir o descubrir el cáliz con la palia y pasar las páginas del misal. Desde la epíclesis hasta la elevación del cáliz al final de la plegaria, el diácono permanece de rodillas. Un poco antes del final de la Plegaria, el diácono se levanta, descubre el cáliz, él mismo lo toma con las dos manos, y lo eleva junto al lado de la patena que eleva el sacerdote. Después del Amen, lo deposita de nuevo sobre el altar, y presenta el misal a la pagina del Padre nuestro. Este gesto del diácono de levantar el cáliz se le encomienda no para comodidad del sacerdote sino por su simbolismo: representa la mano de la asamblea que se ofrece a sí misma junto con Cristo. Incluso en una concelebración no es papel de los concelebrantes que está al lado del sacerdote levantar el cáliz.
Rito de la paz
Después que el sacerdote haya dicho “La paz del Señor...” el diácono pronuncia una monición diaconal muy breve, y con las manos juntas dice: “Daos fraternalmente la paz!” o similar. Recordamos también que el gesto de la paz es un gesto optativo y por lo tanto secundario.
La palabra más importante de esta monición es “fraternalmente”, ya que el rito es una expresión exterior de la fraternidad, esencial para comulgar.
El diácono recibe la paz del sacerdote y a su vez la puede transmitir a otros.
El misal describe así su intención: “Los fieles imploran la paz y la unidad para la iglesia y para toda la familia humana, y se expresan mutuamente la caridad, antes de participar de un mismo pan”.
La fracción del pan
Luego, después que haya terminado el rito de la paz, el sacerdote realiza el gesto de la fracción del pan. El diácono le puede ayudar y repartir las hostias en diversos copones o bandejas según el número de ministros de la comunión, o bien ir al Sagrario si hay muchas hostias consagradas en misas anteriores, pero no debe ser es algo habitual, ya que las normas indican ue lo deseable es que se consagren las hostias de los participantes en la misma misa.
La comunión
El diácono recibe la comunión en la mano del celebrante mismo, primero el Pan y luego el Cáliz. Y si son varios los ministros el diácono puede repartirles el Pan en la mano para que todos puedan comulgar al mismo tiempo junto con el sacerdote, y luego les ofrecerá a cada uno el cáliz, después de beber de él.
Es también una función diaconal importante que el diácono asista al sacerdote para repartir la comunión a los fieles. Terminada la comunión el diácono procede a la purificación de los vasos sagrados
Después de la comunión de los fieles, vuelve al centro del altar, hace la genuflexión si quedan hostias consagradas, las junta en un solo copón y lo deposita en el sagrario. Vuelve al altar pero no en el lugar central que ocupa solamente el sacerdote, y en el altar mismo consume lo que queda de la preciosa Sangre, con otros sí necesario; recoge las partículas si hay y luego bien purifica los vasos sagrados en la credencia o bien los deja en la credencia, para purificarlos después de la misa. Después vuelve al lado del sacerdote a la sede.
Rito de conclusión
El diácono indica al presidente la página de la “oración después de la comunión” en el misal que le presenta el acólito. Puede dar al pueblo brevemente los avisos prácticos que procedan, a menos que el párroco prefiera darlos él mismo. Si el sacerdote (u obispo) utiliza una fórmula de bendición solemne, el diácono dice con las manos juntas: “Inclinaos para recibir la bendición”, e inmediatamente después del Amén se dirige brevemente a la asamblea, siempre con las manos juntas, pronunciando la fórmula de “envío” (no es despedida). A continuación, besa el altar junto con el sacerdote, y, hecha una profunda inclinación, genuflexión si el sagrario está en el presbiterio se retira, ubicándose delante o al lado del sacerdote en la procesión de salida.

23.5.09

LA DEVOCIÓN A MARíA AUXILIADORA

Cada veinticuatro de mayo, todo el mundo católico celebra como memoria la advocación de la Virgen con el título de Auxilio de los Cristianos. La familia salesiana, extendida también por todo el mundo, la celebra como solemnidad propia. La devoción a la Virgen bajo esa querida advocación toma fuerza cuando San Juan Bosco, apóstol de la juventud especialmente de la marginada, la toma como propia.
Haciendo un poco de historia podemos decir que el primero que llamó a la Virgen María con el título de "Auxiliadora" fue San Juan Crisóstomo, en Constantinopla en al año 345, cuando dice: "Tú, María, eres auxilio potentísimo de Dios". También San Sabas en el año 532 nos cuenta que en Oriente había una imagen de la Virgen que era llamada "Auxiliadora de los enfermos", porque junto a ella se obraban muchas curaciones. San Juan Damasceno, santo sirio gran talento escolástico, en el año 749 fue el primero en propagar la jaculatoria: "María Auxiliadora, rogad por nosotros".
Pero es en 1572 cuando el papa San Pió V introdujo en todo el mundo católico en las letanías la advocación "María Auxiliadora, rogad, por nosotros", porque en ese año se atribuyó la victoria de las tropas cristianas sobre las turcas en la batalla de Lepanto a la intercesión de la Virgen como auxilio de los cristianos.
En el año 1600 los católicos del sur de Alemania hicieron una promesa a la Virgen de honrarla con el título de Auxiliadora si los libraba de la invasión de los protestantes y concedía que se terminase la guerra de los 30 años. La Virgen les concedió ambos favores y pronto había ya más de 70 capillas con el título de María Auxiliadora de los cristianos.
En 1683 los católicos al obtener la victoria en Viena contra los enemigos turcos de la religión cristiana fundaron una Asociación de María Auxiliadora. Ya más cercano en el tiempo, en 1814, el papa Pío VII, prisionero del general Napoleón, prometió a la Virgen que el día que llegara a Roma, en libertad, lo declararía fiesta de María Auxiliadora. Inesperadamente el Pontífice quedó libre, y llegó a Roma el 24 de mayo. Desde entonces quedó declarado el 24 de mayo como día de María Auxiliadora.
Pero sin duda fue San Juan Bosco quien impulsó de manera definitiva la devoción a la Virgen bajo esa advocación de tal modo que la Auxiliadora es considerada la “Virgen salesiana”.
Será en 1862, en plena madurez de Don Bosco, cuando éste hace la opción mariana definitiva: Auxiliadora. "La Virgen quiere que la honremos con el título de Auxiliadora: los tiempos que corren son tan aciagos que tenemos necesidad de que la Virgen nos ayude a conservar y a defender la fe cristiana". Cierto es también que la devoción a la Inmaculada fue una de las primeras y preferidas de Don Bosco.
Desde esa fecha el título de Auxiliadora aparece en la vida de Don Bosco y en su obra como "central y sintetizador". La Auxiliadora es la visión propia que Don Bosco tiene de María. La lectura evangélica que hace de María, la experiencia de su propia vida y la de sus jóvenes salesianos, y su experiencia eclesial le hacer percibir a María como "Auxiliadora del Pueblo de Dios". “Ella lo ha hecho todo” repetía constantemente.
En 1863 Don Bosco comienza la construcción de la iglesia en Turín. Lo que sorprendió a Don Bosco primero y luego al mundo entero fue que María Auxiliadora se había construido su propia casa, para irradiar desde allí su patrocinio. Don Bosco llegará a decir: "No existe un ladrillo que no sea señal de alguna gracia".
Hoy, salesianos y salesianas, fieles al espíritu de Don Bosco y a través de las diversas obras a favor de la juventud en las que trabajan siguen proponiendo como ejemplo, amparo y estímulo en la evangelización de los pueblos el auxilio que viene de Santa María.
En Sevilla la presencia salesiana, siempre como opción a los jóvenes, se concreta en las Casas de Trinidad y Triana como colegios, en el Colegio Mayor "San Juan Bosco" de atención a los universitarios y en la animación y administración de parroquias como la de San Juan Bosco o la de Jesús Obrero en el marginado barrio conocido como las Tres Mil, cuyo carismático párroco fundador Gabriel Ramos aún perdura en nuestro recuerdo. La basílica de María Auxiliadora atesora la imagen coronada de la Virgen Auxiliadora y la imagen Sentaíta trianera emociona en su bajada y procesión a toda Triana. Las procesiones de la Auxiliadora en mayo son todo un clásico en las glorias marianas sevillanas. También las religiosas salesianas en Nervión y en San Vicente desde el mismo carisma encarnado en María Mazzarello trabajan por el mismo fin.
Felicidades a todos en la gran fiesta de las Casas salesianas.

18.5.09

EL PAPEL DEL DIÁCONO EN LA MISA II

Continuamos analizando el papel del diácono en la Misa. Vamos ahora a ver su acción litúrgica en la Liturgia de la Palabra.
Si faltan lectores idóneos, el diácono puede proclamar las lecturas no evangélicas. Pero lo suyo propio es la proclamación del Evangelio, ya que es también ministro de la Palabra. Tendrá conciencia de que va a prestar sus labios a Cristo mismo: es el sentido de los ritos siguientes preparatorios a esta proclamación.
Al iniciarse el Aleluya, el diácono se levanta:
- si hay incensación asiste al sacerdote presentando la naveta;
- si no, se inclina profundamente delante de él y pide la bendición
“¡Bendíceme, Padre!”
El sacerdote dice: ”El Señor esté en tus labios y en tu corazón para que anuncies dignamente su Evangelio”. El diácono contesta con un Amen haciendo la señal de la cruz. Luego va directamente al altar por delante, toma el Evangeliario que había depositado al principio en el altar y se dirige procesionalmente al ambón, precedido del turiferario y de los acólitos con cirios. En esta procesión lleva el Evangelario algo elevado. Lo coloca sobre el ambón, abre la página del Evangelio, saluda a la Asamblea: ”El Señor esté con vosotros” y anuncia: “Evangelio de NSJCS según san...”. A continuación hace con el pulgar la cruz sobre el Libro y se signa, procediendo a la incensación.
El gesto de abrir los brazos y extender las manos hacia la asamblea al decir “El Señor esté con vosotros“ no es preciso. La norma dice textualmente: ”con las manos juntas”. Asimismo al terminar la proclamación, dirá, cerrando el Libro: “Palabra del Señor!” respondiendo la Asamblea “Gloria a ti, Señor Jesús!”. Al final, puede él mismo besar el Libro cerrado, diciendo en voz baja:
“Que las palabras del Santo Evangelio borren nuestros pecados”.
Si preside un obispo, le acerca el Evangelario quien lo besa (el libro, no la página) y puede bendecir con él a la asamblea en las celebraciones más solemnes. Finalmente, puede llevar el Evangeliario a la credencia u otro lugar digno y destacado. Luego vuelve a su lugar.
También el diácono puede en ocasiones predicar, por encargo del presidente.
Conviene que en las parroquias que tienen la gracia de tener un diácono la haga de vez en cuando.
La oración universal
Proponer las intenciones, a no ser que sean a cargo de algún miembro de la asamblea es también función del diácono. Las proclama generalmente desde el ambón, en la forma acostumbrada. Cuando el presidente termina con la oración conclusiva, el diácono se dispone a prepara el altar para la Liturgia eucarística, que analizaremos en un próximo artículo.

11.5.09

EL PAPEL DEL DIÁCONO EN LA MISA I

Continuamos en este nuevo artículo analizando la función diaconal en la liturgia. Habría que hacer dos aclaraciones previas: el diácono debe servir a los demás e integrarse en todas las actividades de la vida parroquial, que no se ciñen exclusivamente a la liturgia. Además, al haber sido instituido previamente como lector y acólito, puede ejercer todas las funciones de esos ministerios de pleno derecho.
Hay que insistir en que se le deben respetar sus funciones por parte del presbítero y del obispo. Para ejercerlas debe llevar las correspondientes vestiduras sagradas. No puede cumplir sus funciones vestido de civil.
Seis son las funciones, típicamente de servicios, que la OGMR del Misal atribuye al diácono en la celebración de la Misa. “Reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio sino en orden al ministerio”. Están pues al servicio de los presbíteros y obispos.
Como función general tiene la de asistir al sacerdote y estar siempre a su lado. Se coloca siempre a su derecha en el altar y debe tener preparado un asiento a la derecha de la sede. Después del presbítero, en virtud del orden sagrado recibido, el diácono ocupa el primer lugar entre los ministros de la celebración eucarística.
En el altar ayuda al sacerdote en lo referente al cáliz o al libro, proclama el Evangelio y, a veces, predica la Palabra de Dios por mandato del presidente. También anuncia las intenciones en la Oración universal de los fieles, distribuye a los fieles la Eucaristía, especialmente bajo la especie de vino, y purifica y recoge los vasos sagrados. Pronuncia las moniciones diaconales (en el rito de la paz y en la despedida). Suple, si es necesario, lo debido a otros ministerios. Vamos a continuación a pormenorizar su papel comenzando por la
Procesión de entrada
En la procesión de entrada llevará el Evangelario en alto. Si no lleva el signo de la Palabra, el diácono acompaña al sacerdote a su lado derecho. Cuando la procesión llega al altar, el diácono omite la reverencia, sube al altar donde deposita el Evangeliario y besa el altar junto con el sacerdote. Pero si no lleva el evangeliario, hace una profunda inclinación al altar junto con el sacerdote y lo venera con el beso.
Ritos iniciales
Si se inciensa el altar, el diácono acompaña al sacerdote que inciensa primero la Cruz, y luego el altar mismo, dándole vuelta por la derecha hasta volver al centro. Allí mismo en el centro del altar, recibe el incensario de la mano del presidente, y lo entrega al acólito turiferario. Y de allí, el sacerdote se dirige directa e inmediatamente a la sede (no se queda al altar, que todavía no sirve durante la Liturgia de la Palabra). El diácono no tiene una sede propia, debe colocarse cerca de la sede presidencial, pero evitando que aparezca como co-presidente.
Lo que se destaca en este rito de entrada es el altar que representa a Cristo mismo, la piedra angular de su Iglesia, su Cuerpo: “Ara Christus est”: El altar es otro signo de Cristo, piedra angular de la Iglesia, su Cuerpo que se hace ya visible en la asamblea litúrgica misma que se está congregando.
Durante el resto de los ritos iniciales el diácono ya cumple su función de asistir al sacerdote “ad librum” preocupándose de presentar la página exacta del “Libro de la Sede” (o del Misal) que un acólito mantiene delante del sacerdote de pie (acto penitencial y oración colecta).
En un próximo artículo veremos su función en la Liturgia de la palabra, Liturgia eucarística y ritos conclusivos.

1.5.09

EL DIÁCONO: GENERALIDADES

Vamos en una serie de artículos a analizar la figura del diácono, su papel en la liturgia y su rol dentro de la misa. Diácono significa en griego servidor.
Comenzaremos diciendo que, dentro de los ministerios ordenados, hay tres grados: diaconado, presbiterado y episcopado. Ministerio ordenado significa que en el rito hay imposición de manos y que la persona que es ordenada pasa a pertenecer al orden clerical, o sea, deja de ser laico. Generalmente es un paso previo a la ordenación sacerdotal aunque existe el diaconado permanente, o sea, diáconos que permanecen en ese grado toda su vida. El Vaticano II restableció el diaconado como grado propio o permanente, no sólo como un paso más para llegar al presbiterado.
Los requisitos para acceder al diaconado son varios: ser varón, estar seguro de haber sido llamado por Dios y tener las cualidades humanas y espirituales para ser un digno ministro de la Iglesia, además de recibir la formación adecuada que será al menos de tres años de estudios pudiendo las Conferencias episcopales aumentarlos.
Es al propio obispo a quien compete decidir acerca de la ordenación de los candidatos al diaconado. Se puede ser soltero o también acceder al diaconado los varones casados. Si es soltero la edad mínima es de veinticinco años. Si el ordenado es célibe una vez ordenado se le exige celibato perpetuo.
Los candidatos deben haber recibido los tres sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Eucaristía y Confirmación. Además deben haber sido instituidos de lectores y acólitos y haber ejercido esos ministerios algún tiempo.
Su perfil es el de hombres de fe y de oración, abiertos a las invitaciones del espíritu y a las necesidades de los hombres. Los aspirantes al diaconado deben ser hombres de oración, de misa diaria, de confesión frecuente, llevar una vida familiar sólida y normal, que se proyecte como un ejemplo para los demás, destacar por su espíritu de servicio, tanto en la iglesia como en el medio social en el que vive.
Además debe ser un buen colaborador en la evangelización, debe ser un hombre con una gran madurez humana, equilibrado y con discernimiento, capaz de escuchar y de dialogar.
Si el aspirante es casado, además de las condiciones anteriores, es necesario tener al menos treinta y cinco años en el momento de la ordenación, llevar casado una serie de años y su esposa debe conocer y aceptar (o sea, dar su permiso) el camino que desea iniciar el marido, así como que sus hijos puedan comprender, según su capacidad, la vocación de su padre. Asimismo acepta que, en caso de viudez, no puede volver a casarse. Debe ser, junto a su esposa, ejemplo viviente de la fidelidad e indisolubilidad del matrimonio cristiano, impulsando una auténtica espiritualidad familiar. No deben olvidar que la vida familiar es una de sus fuentes privilegiadas de santificación. Así entonces, las esposas de los diáconos tienen un papel de primera importancia en la vocación de su marido. Ambos deberán apoyarse, ayudarse y crecer juntos en la vida espiritual.
El diácono debe velar por mantener un sano equilibrio entre las obligaciones propias, por un lado laborales, de esposo y padre por otra y con la misión pastoral encomendada.
Su vestidura propia es el alba con la estola cruzada desde el hombro izquierdo y la dalmática, sobre todo en las ocasiones solemnes.
Hasta la restauración del diaconado permanente su papel era secundario, e incluso se podía prescindir totalmente de él. Hoy día redescubrimos la importancia de su rol en la vida de la Iglesia y de nuestro mundo.
A diferencia del laico que puede ocasionalmente “dirigir” una celebración no-eucarística y cumplir algunas funciones en la misa, el diácono puede “presidir”, en nombre de la Iglesia, algunos sacramentos y sacramentales: bautismos, testigo oficial y bendición del matrimonio, exequias, ejercicios piadosos, además puede “pastorear” en cierto modo comunidades cristianas
(evangelización, catequesis, ministerio de la caridad). No hay duda de que en estos últimos años, nos hemos dado cuenta de su aporte extraordinario para la vitalidad de nuestra Iglesia. Las parroquias que cuenten con un diácono pueden considerarse felices.
El diácono se dice que está ordenado “ad Librum et ad Calicem”.
En un próximo artículo analizaremos más en detalle en que consiste su papel y cuales son sus competencias referidas a la liturgia.

26.4.09

EL VIÁTICO

La palabra “Viático proviene del latín “via”, o sea, camino, y significa «provisiones para el viaje que se va a emprender». Así lo entendían los romanos.
En la liturgia católica el Viático consiste en administrar la comunión, bajo las dos especies a ser posible, a los moribundos como ayuda para celebrar la Pascua definitiva. Así pues, a los que van a dejar la vida terrena la Iglesia les ofrece un alimento espiritual para su pascua, la comunión, llamada en esta ocasión Viático. La Unción es un sacramento específico para los enfermos de cierta gravedad, no para moribundos como pueda pensarse. El Viático sí que es específico para los moribundos, siempre a condición de que estén lúcidos con las limitaciones propias de su estado.
El ministro adecuado para impartir, tanto la Unción de enfermos como el Viático, sería el párroco o su vicario, el capellán correspondiente o el superior de una comunidad religiosa pero por causa razonable o en caso de necesidad podría hacerlo cualquier sacerdote, informando posteriormente al ministro específico.
No debe confundirse el Viático con llevar la comunión a los enfermos, que ahora en tiempo pascual se realiza en algunos casos solemnemente con procesión eucarística.
Desde los primeros siglos fue una costumbre muy valorada el que a los cristianos en peligro cercano de muerte se les diera la comunión eucarística, recomendándolo el Concilio de Nicea (año 325): “que si alguno va a salir de este mundo, no se le prive del último y más necesario viático”. La consigna de que no se les deje marchar sin el consuelo del Viático se ha mantenido hasta la actualidad
También ahora sigue teniendo óptimo sentido esta comunión en forma de Viático. Cristo es el camino «via» y a la vez el pan de la vida, el alimento verdadero. Como el cristiano empezó su vida cristiana incorporándose a Cristo por medio del Bautismo, así termina su etapa terrena incorporándose a Cristo en su muerte y resurrección, por medio de la Eucaristía: esto les ayuda a celebrar definitivamente su Pascua, la salida de esta vida y el paso a la definitiva.
Recibida en este momento de paso hacia el Padre, la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares. Es semilla de vida eterna v poder de resurrección, según las palabras del Señor: “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,54). La comunión recibida como Viático ha de ser tenida como un signo especial de participación en el misterio que se celebra en el sacrificio de la misa, esto es, en la muerte del Señor y su tránsito al Padre.
El Concilio Vaticano II encargó que además de los ritos separados de la Unción de enfermos y del Viático, se redáctese un Ordo continuado según el cual se administrase la Unción de enfermos después de la confesión y antes de la recepción del Viático. En el “Ritual de la Unción y de la Pastoral de enfermos” se ofrecen textos para la celebración. El Viático debe administrarse, si es posible, dentro de la Misa que puede decirse en o cerca de la habitación del enfermo y comenzando con la aspersión de agua bendita al principio como recuerdo del bautismo. Tras la Liturgia de la Palabra el moribundo realiza, si puede, la profesión de fe con la forma dialogada del Bautismo. Al recibir la comunión el ministro añade las siguientes palabras: “Él mismo te guarde y te lleve a la vida eterna”. En la bendición, el celebrante debe añadir la indulgencia plenaria o el perdón apostólico.
Si la persona moribunda no está confirmada cualquier sacerdote puede administrarle el sacramento de la Confirmación y seguidamente la Unción de enfermos. Se usaría el rito llamado “continuo” cuando el sacerdote se da cuenta de que debe administrar todos los sacramentos para beneficio del moribundo.
En cualquier caso no debe darse la comunión en los siguientes casos
* si la persona no puede deglutir. En este caso puede dársele algunas gotas de la sangre de Cristo, si es que puede recibirlas
* si está inconsciente
* si se encuentra en un estado de enajenación irracional de tal forma que pudiese rechazar el sacramento.
Si puede comulgar, con dificultad, no hay inconveniente en darle una pequeña porción de la Hostia y darle agua después.
Terminamos con algunos consejos prácticos. Para los familiares: los que tienen a su cargo al moribundo y prevén cercano el fallecimiento deben comunicarlo a su párroco para que esté sobre aviso y acuda en cuando pueda y tomar algún teléfono o referencia para avisar en caso de agravamiento súbito.
Para los sacerdotes: no deben retrasar demasiado el Viático a los enfermos; quienes ejercen la cura de almas han de vigilar diligentemente para que los enfermos lo reciban cuando tienen aún pleno uso de sus facultades. Ningún católico, menos aún si ha sido practicante, debería abandonar esta vida terrena sin el consuelo del Viático.


17.4.09

LOS SANTOS OLEOS. EL CRISMA

Los santos oleos, que se bendicen o consagran en la Misa crismal matutina del Jueves Santo por el obispo, son de tres clases: el crisma, el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos. Esa misa crismal debe ser concelebrada. La sustancia de los óleos debe ser de aceite de oliva o de otros aceites vegetales si es difícil conseguir el de oliva. Al crisma se le añada algún bálsamo o aroma para obtener una fragancia simbólica y también por motivos prácticos: para distinguirlos de los otros óleos.
La preparación del crisma se puede hacer privadamen­te antes de su consagración, o bien hacerla el obispo en la misma acción litúrgica. La consagración del crisma es de competencia exclu­siva del obispo, sólo en caso de necesidad podría hacerlo un presbítero pero siempre dentro de la celebración del sacramento. Los párrocos tienen la obligación de recoger y custodiar dignamente los santos óleos para su uso en los sacramentos en los que se precisan.
La liturgia cristiana ha aceptado el uso del Antiguo Tes­tamento, cuando eran ungidos con el óleo de la consagra­ción los reyes, sacerdotes y profetas, ya que ellos prefigu­raban a Cristo, cuyo nombre significa «el Ungido del Se­ñor». Del mismo modo se significa con el santo crisma que los cristianos, injertados por el bautismo en el misterio pas­cual de Cristo, han muerto, han sido sepultados y resuci­tados con él, participando de su sacerdocio real y proféti­co, y recibiendo por la confirmación la unción espiritual del Espíritu Santo, que se les da.
El crisma se consagra, los otros óleos solamente se bendicen. Hay que aclarar antes de seguir que no es lo mismo bendecir (bene-dicere, o sea desear algo bueno) que consagrar (hacer sagrada una cosa).
La palabra “crisma” es griega y denomina un ungüento aromático mezcla de aceite y bálsamo oloroso. Su etimología proviene de “chrio”, ungir, que ha dado origen al término “Cristos” que significa ”El Ungido”. De ahí deriva la palabra Cristo, con la que designamos al Salvador.
El sacerdote encargado de su custodia debe velar para que se renueve cada año. Los óleos del año anterior deben quemarse o si sobran en gran cantidad pueden consumirse en alguna lámpara. No obstante, si no hubiese disponible el del año, el sacramento impartido con él sería válido.
¿Cuándo se usa el santo crisma? El crisma, que es bendecido y consagrado por el obispo se utiliza para el sacramento del bautismo. Con este crisma son ungidos los nuevos bautizados en la coronilla tras el baño del agua. También son signados en la frente los que reciben la confirmación para significar la donación del Espíritu. En la ordenación de presbíteros y obispos se ungen las manos de los presbíteros y la cabeza de los obispos. Por último con el crisma se ungen las paredes y los altares en el rito de la consagración de iglesias.
Con el óleo de los catecúmenos se preparan y disponen para el bautismo los mismos catecúmenos. Este óleo extiende el efecto de los exorcismos, para que los bautizandos reciban la fuerza pa­ra renunciar al diablo y al pecado, antes de que se acerquen y renazcan de la fuente de la vida.
Con el óleo de los enfermos, en el rito hoy llamado de Unción de enfermos y antes extremaunción, és­tos son aliviados en sus enfermedades. Es diferente del Viático, conceptos ambos que abordaremos en un próximo artículo.
El óleo de los enfermos re­media las dolencias de alma y cuerpo de los enfermos, pa­ra que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal, y conseguir el perdón de los pecados. No sólo está indicado para los moribundos: también es aconsejable ungir a los enfermos graves o ancianos ya muy deteriorados en su salud. Lo anterior implica que puede recibirse más de un vez, si hay mejoría y posterior agravamiento.
Según la costumbre tradicional de la liturgia latina la bendición del óleo de los enfermos se hace antes de fi­nalizar la Plegaria eucarística; la bendición del óleo de los catecúmenos y la consagración del crisma tiene lugar después de la comunión. Por razones pastorales, se puede hacer todo el rito de la bendición después de la liturgia de la Palabra.


6.4.09

EL DOMINGO DE RAMOS

En el domingo de Ramos, tal como el Misal indica, la Iglesia recuerda la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su misterio pascual. Las dos fases del misterio de Cristo aparecen con un relieve especial en la liturgia de este día y conviene presentarlas como partes indisolubles de un todo: el aspecto triunfal en la procesión y el aspecto pasionario en la Eucaristía.
Este domingo tiene unas peculiaridades litúrgicas muy concretas y llamativas que los distinguen de otros domingos, fundamentalmente explicitadas en la procesión de ramos y en la lectura de la Pasión.
El recuerdo de la entrada de Cristo en Jerusalén para la plenitud de su pascua se puede hacer de tres maneras:
* Procesión y entrada solemne antes de la misa principal.
* Entrada solemne, sin procesión, antes de la misa a la que asiste gran concurso de fieles.
* Entrada simple, sin bendición de ramos.
El color litúrgico de los ornamentos es el rojo. El sacerdote puede realizar la procesión con capa pluvial, que se quitará al comenzar la Misa.
Vamos en este artículo a comentar la forma más solemne, con procesión.
LA PROCESIÓN
El rito comienza con la bendición de los ramos. Los ramos no se reparten, ni siquiera al clero ni autoridades. El pueblo debe cogerlos por sí mismos en un sitio adecuado y tenerlos en las manos para su bendición desde el comienzo del rito. Los ramos no se inciensan; solamente se asperjan con agua bendita en silencio. Una vez que el pueblo tiene los ramos el sacerdote, al llegar, saluda al pueblo y tras una oración rocía los ramos con agua bendita, sin decir nada. A continuación se proclama el Evangelio que narra la entrada del señor, según el ciclo que corresponda.
Sería oportuno tener una breve homilía después de la lectura que narra la entrada de Jesús en Jerusalén. Es­ta homilía daría sentido a esa parte primera de la celebra­ción.
Acto seguido comienza la procesión. Ante todo decir que la procesión de Ramos es la procesión litúrgica más importante de toda la Semana Santa, de ahí que revista una importancia es­pecial. Esta procesión debe ser manifestación perfecta de la fe del pueblo en su salvador; por eso cobran relieve im­portante las aclamaciones y cantos que exteriorizan esa fe en Jesucristo, muerto y resucitado.
El turiferario abre marcha y tras él va la cruz con ciriales, sacerdote, ministros y toda la asamblea de fieles. El pueblo es bueno que forme un grupo compacto manifestando que es todo un pueblo el que ca­mina festivamente. Durante la procesión se cantan salmos, antífonas y el himno a Cristo Rey.
La procesión sería lo ideal que saliese de un templo o lugar adecuado hacia la iglesia en la que se va a celebrar la Misa.
Si la procesión se hace dentro de la iglesia ha de ser en un lugar separado del presbiterio, que permita así la procesión por el interior del templo. Un lugar capaz para que el sacerdo­te, los ministros y al menos una pequeña representa­ción de los fieles puedan estar dentro de él. Al igual que en la procesión, los ramos no se distri­buyen, se bendicen y se han de tener en las manos, previa­mente recogidos. Se hace la bendición de los ramos y la proclamación del evangelio, igual que en el rito con procesión.
Esta procesión por el interior de la iglesia conviene que sea por la vía principal, no por los laterales, pasando así por en medio de la asamblea, puesta en pie, que per­manece en su sitio mientras los ministros, el celebrante y la pequeña representación de fieles avanzan hacia el al­tar.

LA MISA
Este domingo tiene Misa propia, con prefacio específico.
Al llegar la procesión a la iglesia el sacerdote se quita la capa pluvial si la llevaba y venera al altar. A continuación dice la oración colecta, omitiendo todos los ritos iniciales.
Sigue la Misa de manera normal. Otra peculiaridad llega con el Evangelio. En este día se lee el relato de la Pasión del Señor, según corresponda al ciclo. Al Evangelio no se le acompaña con cirios ni incienso, ni se hace la salutación inicial ni se signa el libro. Se necesitan tres lectores: el celebrante hace de Cristo, otro de cronista y otro del resto de personajes. Se reconocen los lectores con una cruz el sacerdote, con una C el cronista o narrador y con una S el Sanedrín. Se ofrece una versión completa y otra breve. Otra peculiaridad es que, en este día y como excepción, se admite que lectores laicos proclamen el Evangelio, reservando el papel de Cristo al sacerdote. En este caso los laicos no reciben la bendición del sacerdote, que si recibirían los diáconos.
En caso de proclamarse la lectura completa se puede permitir a los fieles sentarse en algunos momentos de la narración, si su edad o circunstancias lo aconsejan. La homilía posterior debería ser necesariamente breve.
Por lo que respecta a la liturgia eucarística y ritos finales no hay novedad y se realizan como en una Misa normal. Se puede impartir la bendición solemne.
Para finalizar diremos que el nombre de este domingo es “Domingo de Ramos en la Pasión del Señor” aunque por tradición se siga llamando al domingo anterior a Ramos como Domingo de Pasión, cuando su nomenclatura correcta sería Quinto Domingo de Cuaresma.

25.3.09

LOS ESTIPENDIOS DE LA MISA

Vamos a abordar este tema, aunque no sea litúrgico ya que pertenece más bien al derecho eclesiástico, al objeto de iluminar y aclarar algunas ideas sobre esta cuestion, que a veces no es bien entendida e incluso malévolamente interpretada.
Se conoce por estipendios las limosnas que los fieles ofrecen al sacerdote cuando encargan una Misa por unas intenciones concretas (difuntos generalmente u otras intenciones).
El veintidós de enero de 1991 el papa Juan Pablo II aprobó el decreto de la Congregación para el Clero que contiene las normas relativas a los esti­pendios de la Misa y ordenó su publicación, que tuvo lugar un mes después. Este decreto, basado en los cánones 945 al 958 del CDC, trataba de atajar unas prácticas consideradas erróneas al afirmar que las «intenciones colectivas» reflejan una eclesiología errónea.
Los obispos en cuyas diócesis tienen lugar estos casos han de darse cuenta de que este uso, que constituye una excepción a la vigente ley canónica, si llegara a difundirse excesivamente –incluso como conse­cuencia de ideas erróneas sobre el significado de las ofrendas destinadas a la santa Misa– debería considerarse como un abuso, que podría lle­var a que entre los fieles se pierda la costumbre de ofrecer estipendios para la celebración de distintas Misas, según distintas intenciones parti­culares, con lo que desaparecería un uso antiquísimo y saludable para las almas y para toda la Iglesia.

La normativa actual al respecto es la siguiente: El sacerdote está legitimado a recibir un estipendio cuando aplica la Misa por una determinada intención, recomendándoseles que apliquen las Misas por las intenciones de los fieles y sobre todo de los más necesitados, aunque no puedan en este caso cobrar estipendio alguno si la persona no puede pagarlo. De igual manera, los fieles que ofrecemos estipendios por la Misa contribuimos al bien de la Iglesia.
¿Qué normas se deben seguir?
* En primer lugar se debe evitar “hasta la más pequeña apariencia” de negociación o comercio.
* Se ha de aplicar una Misa distinta por cada intención para la que ha sido ofrecida y se ha aceptado un estipendio, aun­que sea pequeño. Por eso, el sacerdote que acepta el estipendio para la celebración de una santa Misa por una intención particular, está obliga­do ex iustitia a cumplir personalmente la obligación asumida (canon 949) o a encomendar a otro sacerdote el cumplimiento de la obligación, conforme a lo que prescribe el derecho (cánones 954-955), si él realmente no puede hacerlo.
* No pueden pues, y violan, por tanto, esta norma debiendo responder de ello en con­ciencia, los sacerdotes que recogen indistintamente estipendios para la cele­bración de Misas de acuerdo con intenciones particulares y, acumulándolas sin que los oferentes lo sepan, las cumplen con una única santa Misa celebrada según una intención llamada «colectiva».
* Si podría hacerse si los oferentes tienen conocimiento de ello y dan su conformidad. De este modo si sería lícito satisfacer esas intenciones con una única Misa, aplicada por la intención «colectiva».
* Los sacerdotes que reciban un gran número de ofrendas para inten­ciones particulares de santas Misas, por ejemplo: con ocasión de la con­memoración de los fieles difuntos, o en otras circunstancias, y no pue­dan cumplirlas personalmente dentro del año en lugar de rechazarlas, frustrando así la piadosa voluntad de los oferentes y apartándolos de su buen propósito, deben pasarlas a otros sacerdotes o al Ordinario (cánones 954, 955 y 956). No es lícito tampoco aceptar estipendios para celebrar Misas personalmente si no puede celebrarlas en el plazo de una año.
* Los párrocos o rectores de un templo, sean regulares o seculares tienen la obligación de llevar en un libro las notas de las Misas que se han de celebrar, la intención, el estipendio y el cumplimiento del encargo.
* Compete a los obispos de cada provincia eclesiástica fijar por decreto el estipendio que corresponde para celebración de la Misa. Bajo ningún caso es lícito que el sacerdote pida una cantidad mayor, aunque si puede recibirla si el oferente lo hace espontáneamente. También puede recibir una cantidad menor.
* Para finalizar diremos que el sacerdote que celebre más de una Misa el mismo día puede aplicar las intenciones para los que se ha ofrecido el estipendio, aunque sólo debe quedarse con el estipendio de una Misa, destinando el resto a los fines determinados por su obispo. Se exceptúa de esta norma el día de Navidad. Si concelebra una segunda Misa en ningún caso puede recibir por ella estipendio alguno.
Según el Decreto publicado en el BOAS de febrero de 2006 (Pag 171) los obispos de la Provincia Eclesiástica de Sevilla establecen como referencia la aportación de los fieles en la cantidad de ocho euros para las Misas manuales (las normales, para entendernos) y trescientos euros para las gregorianas.

12.3.09

EL CULTO A LAS RELIQUIAS

Antes de desarrollar la cuestión es preciso aclarar las clases de culto que la Iglesia rinde: el de LATRíA o de adoración, el de HIPERDULíA y el de DULíA o de veneración.

El culto de Latría (adoración) es exclusivo de Dios. Sólo Dios puede ser adorado y sólo Cristo, Dios hecho hombre, es el Salvador. El mismo Cristo nos lo dijo: "Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto.
El culto de Hiperdulía (la Dulía llevada al máximo extremo) es exclusivo de la Virgen María y nace como una necesidad de poner el culto a la Santísima Virgen en un lugar privilegiado, por encima del debido a los santos y al límite de la adoración, pero sin llegar a la Latría. El punto de inflexión del culto a la Virgen lo constituye el Concilio de Éfeso, al proclamar a María como Madre de Dios.
El culto de Dulía (veneración) es el propio de los Santos, personas que por su probada heroicidad en el ejercicio de las virtudes cristianas la Iglesia nos los pone como ejemplo a seguir subiéndolos a los altares. Al patriarca bendito san José se le considera el primero de los santos, dedicándosele un culto de protodulía. Sin duda que en los orígenes del culto a los santos está la influencia profunda y ejemplar de los mártires. De ellos celebramos su dies natalis, o sea, el día en que nacen para la eternidad, día de su martirio. Dentro de este apartado se encaja el culto a las reliquias.
Así pues, un aspecto fundamental de la religiosidad popular es sin duda la veneración a las reliquias de los santos, que fueron un elemento motor muy importante de movimientos de peregrinación. Verdaderas o falsas, las reliquias fundamentan en todos los fieles una de las más firmes creencias de todas las épocas. Expresión del favor divino que los santos gozaron ya en vida, sus restos corporales y objetos de uso cotidiano tienen para cualquier fiel una "virtus" de carácter taumatúrgico incontestable. Mas de ahí también la importancia de su posesión, que desató en época medieval una verdadera fiebre por las reliquias en las que los factores políticos y económicos tuvieron gran importancia.

El documento más reciente sobre este tema es el “Directorio sobre la religiosidad popular y la liturgia”, publicado a fines de 2001. Allí se nos recuerda que, de acuerdo con el Concilio Vaticano II “la Iglesia rinde culto a los santos y venera sus imágenes y sus reliquias auténticas”.

Dentro de las reliquias existen categorías. En primer lugar las reliquias más apreciadas son las que se relacionan con Cristo, destacando las de la Vera Cruz (Lignum Crucis), al igual que el sudario y clavos de la pasión.

De las reliquias de los santos destaca en primer lugar el cuerpo -o partes notables del mismo- En segundo lugar se veneran objetos que pertenecieron a los santos: utensilios, vestidos, manuscritos y objetos que han ­estado en contacto con sus cuerpos o con sus sepulcros como estampas, telas de lino y también imágenes veneradas.

Es costumbre poner reliquias de santos en el altar mayor. Hoy en día el ritual prevé que el altar es consagrado por el obispo. Y en el lugar donde sobre el altar descansan generalmente los signos eucarísticos del cuerpo y la sangre de Cristo, se abre una cavidad donde el obispo deposita las reliquias que luego son cubiertas con una piedra lisa de manera que forma un nivel plano con la mesa del altar. Esta piedra es fijada con argamasa.

El Mlisal Romano confirma la validez del de colocar bajo el altar, que se va a dedicar, reliquias de los santos, aunque no sean mártires. Ahora bien, una correcta pastoral sobre el tema exige cumplir varias condiciones:

* asegurar su autenticidad. En caso de duda razonable sobre su autenticidad deben, prudentemente, retirarse de la veneración de los fieles.

* impedir el excesivo fraccionamiento de las reliquias, de forma que se falte el respeto debido al cuerpo –las normas litúrgicas advierten que las reliquias deben ser de un tamaño tal que se puedan reconocer como partes del cuerpo humano–

* advertir a los fieles para que no caigan en la manía de coleccionar reliquias

* vigilar para que se evite todo fraude, comercio y degeneración supersticiosa.

Las diversas formas de devoción popular a las reliquias de los santos, como el beso de las reliquias, adorno con luces y flores, bendición impartida con las mismas, sacarlas en pro­cesión, sin excluir la costumbre de llevarlas a los enfermos para confortarles y dar más valor a sus súplicas para obtener la curación, se deben realizar con gran dignidad y por un au­téntico impulso de fe. En cualquier caso, se evitará exponer las reliquias de los santos sobre la mesa del altar: ésta se reserva al Cuerpo y Sangre del “Rey de los mártires”.

Terminamos recordando lo que el CDC dispone sobre la cuestión. En su Canon 1186 dice: "La Iglesia promueve el culto verdadero y auténtico de los santos, con cuyo ejemplo se edifican los fieles, y con cuya intercesión son protegidos. "Y en el Canon 1237, en su § 2, se manda: "Debe observarse la antigua tradición de colocar bajo el altar fijo reliquias de Mártires o de otros Santos, según las normas litúrgicas". El Canon 1190 prohíbe taxativamente enajenar o trasladar de manera permanente reliquias o imágenes de gran devoción popular.

En definitiva, los cristianos precisamos de signos concretos para expresar nuestra fe, y mediante esta veneración de las reliquias, bien de Cristo, bien de los santos nos afirmamos también en nuestra creencia en la resurrección de la carne.


4.3.09

EL PAPEL DEL OBISPO EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA III

Seguimos en esta tercera entrega analizando la función del obispo en la celebración eucarística. Ahora nos fijamos en su papel en la Liturgia eucarística y en los ritos finales.
Liturgia eucarística
En la preparación del altar y de las ofrendas los diáconos y los acólitos y ayu­dantes preparan el altar como siempre. En la procesión de las ofrendas, el obispo, llevando la mitra y acompañado por los diáconos, puede recibir las ofrendas, bien delante del altar o en la cátedra. El diácono ayu­dante lleva las ofrendas al altar donde el diácono de la Misa (o el diá­cono de la Eucaristía) las dispone sobre el corporal, y en otros puntos del altar si es necesario. Una vez preparada la mesa y cuando el obispo se acerca al altar el ayudante encargado le quita la mitra y el obispo ofrece el Pan y el Vino. A continuación el obispo inciensa a los dones y al altar en la manera acostumbrada. Mientras se procede al rito del lavabo un diácono o acólito inciensa a los concelebrantes y al pueblo.
Inmediatamente después de que el obispo haya cantado la oración sobre las ofrendas y antes del diálogo que antecede al prefacio el ayudante encargado le quita el solideo, que no volverá a ponerle hasta después de la comunión. Si ofician más obispos ellos mismos llevan sus solideos a los sitios oportunos.
Durante la Plegaria eucarística se procede como en una Misa concelebrada. Sin embargo, al llegar a la intercesión por el obispo diocesano, éste dice: “y a mí, indigno siervo tuyo”. La Misa continúa y en el rito de la paz el obispo se la da al menos a los dos concelebrantes más próximos a él y al diácono ayudante de la Misa. En la comunión el obispo da bajo las dos especies la comunión a los diáconos y reparte la comunión al pueblo en la forma acostumbrada.
Tras la comunión, el obispo va a la cátedra y se sienta. Los ayudantes traen el aguamanil y la jofaina para que se lave las manos y acto seguido un ayudante le coloca el solideo sobre la cabeza. Tras el silencio apropiado el obispo se levanta y pronuncia la oración de acción de gracias. Antes de cantar el “Señor esté con vosotros” recibe la mitra.
Ritos finales
Tras el saludo al pueblo, el obispo da la bendición al pueblo. Puede hacerlo de tres formas: bendición solemne, bendición simple o la bendición apostólica con indulgencia plenaria, cuando proceda. La bendición propiamente dicha la da con el báculo en su mano izquierda y haciendo la señal de la cruz tres veces, comenzando por la izquierda.
Al terminar la Misa se realiza la procesión de salida, en la forma acostumbrada salvo el turiferario, que ahora irá tras la cruz y los ciriales. Durante su salida por la nave el obispo puede bendecir al pueblo congregado.

17.2.09

PROPUESTAS DEL SÍNODO DE LA PALABRA CON REPERCUSIONES LITÚRGICAS

Hacemos un descanso en la serie de artículos dedicados al papel del obispo en la celebración eucarística para fijarnos hoy en el Sínodo de la Palabra.
Durante los días cinco al veintiséis de octubre de 2008 tuvo lugar la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos que tuvo como tema "La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia". Participaron 253 padres sinodales representantes de 113 conferencias episcopales, de trece Iglesias orientales católicas “sui iuris”, los responsables de los veinticinco dicasterios de la Curia Romana y diez representantes de la Unión de los Superiores Generales. También asistieron 41 expertos y 37 auditores. Entre los expertos había seis mujeres y diecinueve entre las auditoras, una más que los auditores. De sus conclusiones, dadas a conocer el día anterior a la clausura, vamos a analizar las que tienen repercusión litúrgica, contenidas en el capítulo denominado “La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia”.
Palabra de Dios y Liturgia
Los Padres Sinodales afirman que la Liturgia constituye el lugar privilegiado en el que la Palabra de Dios se expresa plenamente” y que “el misterio de salvación narrado en la Sagrada Escritura encuentra en la Liturgia el propio lugar de anuncio, escucha y realización”. Por eso piden que:
- El libro de la Sagrada Escritura, incluso fuera de la acción litúrgica, tenga un puesto visible y de honor en el interior de la iglesia. Eso implica que los leccionarios y Evangeliarios deben cuidarse y tratarse con sumo respeto.
- Se anime al uso del silencio después de la primera y la segunda lecturas, y terminada la homilía. Se trata pues de favorecer unos momentos de meditación personal.
- Se pueden prever también celebraciones de la Palabra de Dios centradas en las lecturas dominicales.
- Las lecturas de la Escritura deben ser proclamadas utilizando los libros litúrgicos dignos que serán tratados con el más profundo respeto. La costumbre de leer sobre un papel debería pues ser anulada.
- Se valorice el Evangeliario con una procesión precedente a la proclamación, sobre todo en las solemnidades.
- Se ponga en evidencia el rol de los servidores de la proclamación: lectores y cantores.
- Sean formados adecuadamente los lectores y lectoras de modo que puedan proclamar la Palabra de Dios en forma clara y comprensible, al mismo tiempo que son invitados a estudiar y testimoniar con la vida aquello que leen.
- Se proclame la Palabra de Dios en forma clara, teniendo familiaridad con la dinámica de la comunicación.
- No sean olvidadas aquellas personas para las cuales es difícil la recepción de la Palabra de Dios, como aquellos que tienen dificultades visuales y auditivas (atención a las minusvalías).
- Se haga un uso competente de los instrumentos acústicos (megafonía adecuada).
Finalmente se recuerda “la grave responsabilidad que tienen quienes presiden la Santa Eucaristía para que nunca sean sustituidos los textos de la Sagrada Escritura con otros textos”. Las lecturas no pueden ser cambiadas a capricho y menos aún sustituidas por lecturas no testamentarias.
Sobre la Homilía, que recordamos también forma parte de la Liturgia de la Palabra, se afirma que “debería haber homilía en todas las Misas cum populo, incluso durante la semana. Es necesario que los predicadores (obispos, sacerdotes, diáconos) se preparen en la oración para predicar con convicción y pasión”. Además, “la homilía debe estar nutrida de doctrina y transmitir la enseñanza de la Iglesia para fortificar la fe, llamar a la conversión en el marco de la celebración y preparar a la realización del misterio pascual eucarístico”. Por último, en continuidad con Sacramentum Caritatis, los Padres Sinodales desean “un Directorio sobre la homilía que debería exponer, junto a los principios de la homilética y del arte de la comunicación, el contenido de los temas bíblicos que se presentan en los leccionarios en uso”. En muchos casos en las homilías actuales sobra moralina, opiniones subjetivas del pensamiento del sacerdote sobre política o sociedad, que pueden ser expuestas en otro lugar, o comentarios de actualidad.
Sobre el Leccionario se recomienda “un examen del Leccionario romano para ver si la actual selección y ordenación de las lecturas es verdaderamente adecuada a la misión de la Iglesia en este momento histórico. En particular, el vínculo de la lectura del Antiguo Testamento con la perícopa evangélica debería ser reconsiderado de modo que no implique una lectura demasiado restrictiva del Antiguo Testamento o la exclusión de algunos pasajes importantes”. Es cierto que hay algunas lecturas “duras” aunque se hagan en días feriales y asimismo a veces, por encajar las lecturas con el Evangelio se puede forzar algo.
Ministerio de la Palabra y mujeres.
Luego de reconocer y animar “el servicio de los laicos en la transmisión de fe” y especialmente de las mujeres, quienes tienen “un rol indispensable sobre todo en la familia y en la catequesis”, los Padres Sinodales manifiestan el deseo de que “el ministerio del lectorado se abra también a las mujeres de modo que, en la comunidad cristiana, sea reconocido su rol de anunciadoras de la Palabra”. Esta recomendación es muy importante para que en un futuro, esperemos que cercano, las mujeres puedan ser lectoras instituidas, ministerio que muchas ya ejercen de hecho aunque no de derecho. Esta recomendación es de lo más novedoso e importante a mi parecer.
Celebraciones de la Palabra de Dios
Los Padres Sinodales afirman que “la celebración de la Palabra es uno de los lugares privilegiados de encuentro con el Señor” y recomiendan que se formulen rituales para estas celebraciones, “basándose en la experiencia de las Iglesias en las cuales los catequistas formados conducen habitualmente las asambleas dominicales en torno a la Palabra de Dios. Su objetivo será evitar que estas celebraciones sean confundidas con la Liturgia Eucarística”. Aclaramos que esas celebraciones son las que se realizan en ausencia del presbítero, en comunidades en los que el sacerdote no puede acudir por diversas causas y un laico autorizado dirige la celebración.
Finalmente, también piden que “las peregrinaciones, las fiestas, las diversas formas de piedad popular, las misiones, los retiros espirituales y días especiales de penitencia, reparación y perdón, sean una oportunidad concreta ofrecida a los fieles para celebrar la Palabra de Dios e incrementar su conocimiento”. En definitiva, que no haya celebración sin el alimento de la Palabra, al igual que ocurre en la celebración de todos los sacramentos.

9.2.09

EL PAPEL DEL OBISPO EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA II

Hemos visto en el anterior artículo el recibimiento al obispo y los momentos previos. Ahora analizamos su papel dentro de la celebración eucarística, tanto en los ritos introductorios como en la Liturgia de la palabra.
Se inicia con la procesión de entrada, que da comienzo a una señal del maestro de ceremonias. El orden de la procesión es el mismo que en una Misa solemne. La abre la Cruz patriarcal alzada, cuando preside el obispo titular. Digamos a modo de curiosidad que en la liturgia de la catedral de Sevilla, el crucificado que lleva la Cruz patriarcal mira al obispo si preside el metropolitano. Lo habitual es que mire hacia delante.
Los concelebrantes preceden inmediatamente al obispo, que lleva mitra y báculo en la mano izquierda con la parte redondeada mirando al pueblo y la mano derecha sobre el pecho. Los dos diáconos ayudantes van un poco por detrás del obispo, seguidos del portador del báculo y el de la mitra.
Al llegar al presbiterio, el obispo entrega el báculo al diácono ayudante, situado a su izquierda el cual a su vez se lo entrega al acólito adecuado. El obispo se inclina hacia adelante y el primer diácono ayudante que se encuentra a su derecha (o el maestro de ceremonias) le quita la mitra y se la entrega al portador de la mitra. Todos hacen una reverencia profunda al altar o una genuflexión si el sagrario está en el presbiterio.
Solamente el obispo y los diáconos besan el altar. Luego, el obispo inciensa el altar como de costumbre. El primer diácono ayudante toma el incensario y lo entrega al obispo. Una vez acabada la incensación, el obispo entrega el incensario al diácono que, a su vez, lo da al turiferario. Los diáconos ayudantes (o los concelebrantes) avanzan a ambos lados del obispo durante la incensación; también cuando, al acabar, el obispo se dirige a la cátedra.
El obispo puede entonar como saludo: «La paz esté con vosotros». En los domingos, la bendición y la aspersión del agua bendita puede sustituir al rito penitencial.
En cuanto a los sitios a ocupar, los diáconos ayudantes (o los dos concelebrantes) ocupan los asientos situados a ambos lados de la cátedra del obispo. Al diácono de la Misa se le asigna un lugar distinto, nunca entre los con­celebrantes. La Misa solemne continúa como de costumbre.
Tras la oración colecta el obispo se sienta y el segundo diácono o el maestro de ceremonias le pone la mitra. La mitra se le pone situándose de cara al obispo y, sosteniéndola con ambas manos, con las ínfulas sostenidas por los dedos, con cuidado de no descolocar el solideo.
El incienso se prepara, como es costumbre, antes del Evangelio. El primer diácono ayudante (a la derecha del obispo) se encarga de la nave­ta y de la cucharilla. El diácono de la Misa (o diácono de la Palabra) se acerca para recibir la bendición. Un concelebrante que actuase como diá­cono también se acercaría a recibir la bendición del obispo. El segundo diácono ayudante le quita la mitra al obispo que se levanta cuando el diácono de la Misa lleva el Evangeliario al ambón.
El acólito trae el báculo. En el momento en que el diácono anuncie el Evangelio, el segundo diácono ayudante entrega el báculo al obispo que puede sostenerlo con ambas manos. Al terminar la proclamación del Evangelio, el obispo entrega de nuevo el báculo. El diácono que ha leído el Evangelio debe llevar el Evangeliario abierto al obispo para que bese el texto. El obispo puede bendecir al pueblo con el Evangelario. Después, el diácono se lo lleva al ambón.
El obispo se sienta para pronunciar la homilía. El diácono encargado o ayudante le pone la mitra. El obispo puede predicar de pie o sentado, desde la cátedra o en el ambón. Puede sostener el báculo con la mano izquierda, si lo ve oportuno. Al terminar la homilía se le quita la mitra para entonar el Credo. Después preside la Oración de los fieles y al finalizar se sienta y recibe de nuevo la mitra, para dar comienzo a la liturgia eucarística, que veremos en otro artículo.

2.2.09

EL PAPEL DEL OBISPO EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA I

En una serie de artículos vamos a analizar la función y papel del obispo en la celebración eucarística. En este primer artículo veremos los ministros necesarios para la celebración y los momentos previos.
El obispo, cuando preside la celebración eucarística, hace que su Iglesia particular sienta el ministerio del pastor principal, que congrega al clero y al pueblo en unidad de apostolado.
La forma más solemne de la Misa episcopal es la llamada “Misa estacional” tradicionalmente llamada “Misa pontifical” sobre todo cuando la celebra en su catedral en los días más solemnes de año litúrgico o en ocasiones importantes de la vida diocesana. A esta Misa nos vamos a referir.
Cuando oficia el obispo se precisan más ayudantes que la Misa que oficie un presbítero. Debe haber al menos tres diáconos –ministros tradicionalmente asociados al obispo–, uno para servir el altar y proclamar el Evangelio y otros dos más cercanos como ayudantes inmediatos del obispo. En su defecto el papel diaconal lo desempeñarían presbíteros concelebrantes. Los presbíteros concelebrantes no deben faltar y si la catedral tiene Capítulo deberían concelebrar el deán y algunos canónigos. Tampoco debe faltar un maestro de ceremonias para dirigir los ritos. Hay que sumar a los acólitos habituales para la procesión de entrada (turiferario, naveta, crucífero, ceroferarios en mayor número) dos acólitos ministros del báculo y la mitra con humerales detrás del obispo. El ministro del báculo se situará a la izquierda (el obispo porta el báculo con su mano izquierda con la parte curva superior redondeada hacia el pueblo) y el de la mitra a la derecha. Si participan más obispos, sólo el metropolitano portará báculo y ocupará la cátedra. Es muy aconsejable que las lecturas las hagan lectores instituidos a ser posible, para así poner de manifiesto la variedad de ministerios y la pluralidad de oficios.
Se puede seguir la tradición romana de siete acólitos portando luces, significando las siete iglesias primitivas. Estas luces se colocan posteriormente en el altar o cerca.
La recepción al obispo puede hacerse de varias formas. Describimos la forma más ceremoniosa. El obispo debe llevar hábito coral o sotana púrpura con faja. En los días más señalados del año litúrgico, solemnidades o visitas pastorales debe ser recibido formalmente en las puertas de la catedral o templo de la siguiente manera: el deán o representante –párroco si es visita pastoral– le espera en la puerta adecuada, acompañado de un acólito que porta el acetre con agua bendita e hisopo. Se inclina ante el obispo y le entrega el hisopo. El obispo, tras quitarse la birreta y el solideo se asperge a sí mismo y a sus acompañantes. Si hay aspersión en la Misa este rito se omite.
Los canónigos –o clero– le han esperado en el interior de la catedral en fila de dos. Se dirigen procesionalmente primeramente al lugar donde esté reservado el Santísimo. Allí el obispo, tras quitarse el solideo, hace genuflexión y reza, acompañado de sus más cercanos colaboradores, durante un breve tiempo. Al terminar y tras colocarse de nuevo el solideo se dirige a la sacristía donde los diáconos y ayudantes ya deben estar revestidos.
El obispo se quita la cruz pectoral, la muceta y el roquete. Dos ayudantes le traen un aguamanil, jofaina y toalla, haciendo la reverencia que está indicada siempre que se le sirve al acercarse, al alejarse o si se pasa delante de él. Al acabar de lavarse las manos, el obispo se reviste. El derecho a la llamada “pontificalia completa”, o sea, a portar todos los signos pontificales, está reservada al obispo diocesano.
El obispo se pone alba y estola, sobre ellas la cruz pectoral con cordón verde y dorado. Bajo la casulla lleva la dalmática episcopal. El obispo metropolitano llevará, además, el palio sobre la casulla, sólo en la Misa solemne, en las ordenaciones, dedicaciones de iglesias o altares y otras ocasiones. En la cabeza mitra sobre el solideo. Hay varias clases de mitra, según las ocasiones y tiempos litúrgicos. Si participan otros obispos, además de los ornamentos propios de un presbítero, llevarán la cruz pectoral bajo la casulla y una mitra sencilla.
Cuando todo está dispuesto y a una señal del maestro de ceremonias se inicia la procesión de entrada, que trataremos en otro artículo
Terminamos aclarando dos cosas: cuando decimos que el obispo se quita el solideo, mitra u otra prenda se entiende que lo hace un ayudante. Además, no confundir la palabra palio con lo que seguramente cualquier cofrade piensa: el palio episcopal en una tira de tela de lana blanca a modo de estola que se coloca alrededor del cuello con tiras sobre el pecho y la espalda decorada con seis cruces negras. Lo llevan los arzobispos metropolitanos y el papa significando el buen pastor que porta a sus ovejas y que da su vida por ellas.

17.1.09

LAS MANOS Y SUS ACCIONES CEREMONIALES

Todos los gestos litúrgicos ­­que se hacen con las manos son siempre muy significativos.
En ningún caso debe haber dudas acerca de la posición de las manos en cualquier momento de la celebración eucarística. Como norma general diremos que:
- en la procesión de entrada –o salida– las manos de los acólitos y concelebrantes van unidas a la altura del pecho por las palmas y el pulgar derecho sobre el izquierdo formando cruz
-cuando se lleva un objeto con una mano –incensario, naveta– la otra siempre descansa plana en el pecho con los dedos juntos con naturalidad
-cuando el celebrante, el diácono y los ayudantes están sentados las manos –con los dedos juntos– descansan sobre las rodillas, y los codos están doblados de un modo relajado.
En definitiva, el sacerdote, el diácono y los ayudantes deben observar la disciplina de «las manos juntas» mientras están en el presbiterio y en las proce­siones.
El celebrante realiza con sus manos más acciones ceremoniales que los demás ministros. Dentro de una lógica moderación, el celebrante puede mover las manos como desee en la homilía y cuando lee avisos. Pero no debe aña­dir gestos propios en otros momentos de la celebración eucarística. La OGMR regula todos los gestos e indica con precisión qué hacer con las manos en cada momento.
En el saludo «El Señor esté con vosotros», las manos, que estaban unidas, se abren. El gesto debe ser suave y transmitir una sensa­ción de reverencia y control, sin parecer brusco, mecánico o demasiado efusivo. Es un gesto que expresa paz e invitación a la oración y al reco­gimiento.
Las manos se extienden ceremonialmente durante el rezo de determinadas oraciones de petición de misericordia. Es un gesto de las primeras épocas de la Iglesia. Con el desarrollo de la Misa de cara al pueblo, este gesto se ha hecho más amplio y relajado pero puede llegar a ser exagerado. No es fácil normalizar este gesto como puede apreciarse en la concele­bración. Sin embargo, una solución ecuánime a este problema podría ser extender las manos con los dedos juntos, con elegancia y no con rigi­dez, y que las palmas estén en una posición abierta y natural, ligera­mente adelantadas en relación a los hombros, teniendo los codos cerca del cuerpo.
El celebrante y concelebrantes extienden las manos hacia adelante, las palmas hacía abajo, en la epíclesis de la Plegaría eucarística. Éste es un signo de invocación al Espíritu Santo, que tiene su origen en un gesto del Antiguo Testamento. Durante las palabras de la institución, los concelebrantes si el gesto parece oportuno, extienden su mano derecha hacia el Pan y hacia el cáliz.
En una bendición solemne u oración sobre el pueblo, las manos del sacerdote se extienden de la misma manera cara al pueblo, sí bien deberían estar un poco más elevadas, con las palmas hacía abajo.
En cambio, parece mejor evitar los siguientes gestos: la anti­gua práctica de manos enfrentadas, las palmas de cara al pueblo en una posición defensiva, un gesto casual que puede sugerir indiferencia o cansancio, un alargamiento o elevación excesiva de las manos (que no se puede mantener durante mucho tiempo), o mover las manos hacia arriba y hacia abajo a la par que se va leyendo.

8.1.09

LA CUESTIÓN DEL PRO MULTIS

Antes de comenzar este articulo sobre las palabras latinas “pro multis” y su traducción al español debemos advertir que esta cuestión sólo de manera tangencial es litúrgica –porque aparecen en las Plegarias eucarísticas– pero su calado es claramente teológico.
El titular puede resultar extraño a la mayoría de los lectores. ¿Qué es eso del “pro multis"? Pasamos a explicarlo.
La lengua oficial de la Iglesia es el latín. En esa lengua se publican todos los documentos oficiales que salen de la Santa Sede –encíclicas, decretos, libros litúrgicos, etc– y posteriormente se traducen a las lenguas vernáculas. En el Misal Romano, en la versión original en latín, en el momento de la consagración del Vino se dice literalmente

Accípite et bibite ex eo omnes:
hic est enim calix sánguinis mei
novi et aetérni testaménti,
qui pro vobis et pro multis effundétur
in remissiónem peccatórum.

La traducción al castellano –y a otras lenguas– se hizo así:

Tomad y bebed todos de él,
porque éste es el cáliz de mi Sangre,
Sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada por vosotros y por todos los hombres
para el perdón de los pecados."

Seguramente que fueron motivos pastorales o catequéticos los que movieron a los traductores para traducir lo que significaba “por muchos” como “por todos”. En 2006[1] el cardenal Francis Arinze, prefecto de la Congregación del Culto Divino, escribió a todos los presidentes de las conferencias episcopales del mundo para informarles de que el "pro multis" de la fórmula de consagración del Vino será traducido "por muchos" y no "por todos". Para aquellos países en los que deba hacerse el cambio, caso de España, la carta del cardenal establece que los obispos preparen la introducción de la frase aprobada por los textos litúrgicos en el término de "el próximo año o dos". Ya ha transcurrido el plazo. ¿Qué hacer? ¿Son válidas las misas que se dicen con la traducción errónea? No olvidemos que las palabras de la institución son las más importantes y las mismas de todas las Plegarias eucarísticas existentes.
¿Significan tal vez que la redención no es universal, para todos los hombres? Nada de eso. Cristo murió por todos. En la carta citada se explica que “La expresión "por muchos", mientras permanece abierta a la inclusión de cada uno de los seres humanos, refleja, además el hecho de que esta salvación no es algo mecánico, sin el deseo o la participación voluntaria de cada uno. El creyente es invitado a aceptar por la fe el don que le es ofrecido y a recibir la vida sobrenatural que le dada a los que participan del misterio, viviéndolo como lo viven aquellos que están en el número de los "muchos" a los que se refiere el texto”.
Terminamos este farragoso asunto con algunas preguntas.
¿Deberán los sacerdotes hacer este cambio de inmediato?
De ninguna manera. No se hará cambio alguno hasta que la nueva traducción del Misal Romano haya sido aprobada por los obispos y confirmada por la Santa Sede. Por lo menos faltan varios años para completar el Misal.
¿Acaso son inválidas las Misas que han utilizado “por todos”?
De ninguna manera. “No existe duda alguna en relación a la validez de las Misas celebradas utilizando la fórmula aprobada debidamente que contiene una fórmula equivalente a “por todos”. En la carta en la que anunció el cambio, el cardenal Arinze aclara que “la fórmula por todos correspondería indudablemente a una interpretación exacta de la intención del Señor expresada en el texto.”
Termina la carta del cardenal Arinze con un pequeño tirón de orejas: “En concordancia con la Instrucción Liturgiam Authenticam, ha de hacerse un esfuerzo para ser más fieles a los textos latinos de las ediciones típicas”.




[1] CONGREGATIO DE CULTU DIVINO ET DISCIPLINA SACRAMENTORUMProt. n. 467/05/L Roma, 17 de octubre de 2006

31.12.08

EL ACÓLITO AL SERVICIO DEL ALTAR

En este tercer artículo dedicado al ministerio del acolitado vemos el servicio al altar.
Dentro de todos los cometidos para los que el acólito está autorizado el más propio y específico es el del servicio al altar. Describimos su ministerio.
En la procesión de entrada participará, llevando como los demás ministros las manos unidas por la palma y el pulgar derecho sobre el izquierdo a la altura del pecho. Tras la reverencia al altar ocupa su sitio en el presbiterio y allí permanece hasta el comienzo de la Liturgia eucarística, salvo que se le reclame para otros servicios.
Al acabar la Oración de los fieles se dirige al altar con el cáliz vacío, el purificador, la patena con el Pan, la hijuela si se usa y el corporal. Si no hay otro llevará las vinajeras y el copón con hostias para ser consagradas si procede.
Extiende el corporal sobre el altar y coloca cerca el cáliz y la patena, pero no los pone sobre el corporal ya que esa acción corresponde al presidente. Tampoco echa el vino y el agua en el cáliz.
Si hubiese procesión con los dones ayudará al sacerdote. Recogerá los objetos que le entregue el sacerdote y los pondrá en el sitio adecuado.
Cuando sea el momento, desde el lado derecho, acerca la vinajera del vino con su mano derecha ofreciendo el asa al sacerdote. La retira con su mano izquierda y acerca la del agua de la misma manera. A continuación se retira al extremo derecho del altar y procede al rito del lavabo, que recordamos no es optativo aunque muy frecuentemente se omita –si hay incensación de las ofrendas esperarán hasta que termine–.
Si hay dos, uno de los acólitos sostiene el aguamanil –jarro con el agua– y la jofaina –vasija para recoger el agua del lavabo– y otro la toalla, llamada manutergio o cornijal. Después se retira a su sitio y ya no interviene más hasta la comunión salvo que sean requerido para otra acción –sostener un micrófono o un libro–. Los acólitos, mientras están sentados, deben tener las manos extendidas sobre las rodillas.
Puede tomar el copón del sagrario si se va a usar, haciendo genuflexión, y colocarlo abierto en el altar para que el sacerdote lo coja y asimismo acompañar al sacerdote con la bandeja de comunión mientras la reparte. Si como ministro extraordinario de la comunión tuviese que repartirla lo harán según el rito establecido, o sea, mostrando la hostia a los comulgantes y diciendo “El cuerpo de Cristo”. Al acabar, coloca el copón de nuevo en el sagrario, haciendo genuflexión al terminar.
Tras la comunión y mientras el sacerdote permanece sentado un acólito procederá a doblar el corporal y hacer las abluciones, en la credencia o al acabar la misa. Esta acción no es propia del presidente y debería realizarla siempre el acólito (o diácono). Una vez despejado el altar se retira a su sitio. Inclina la cabeza al recibir la bendición y al terminar la Misa participa en la procesión de salida de igual forma que en la de entrada.
Jesús Luengo Mena

21.12.08

LOS ACÓLITOS CEROFERARIOS Y CRUCÍFERO

En este segundo artículo dedicado a los acólitos vamos a pormenorizar las funciones que, dentro de la celebración eucarística, desarrollan los acólitos ceroferarios, o sea, los portadores de los ciriales y el portador de la cruz (crucífero).
Unas observaciones previas sobre la cruz. No debe faltar en ninguna procesión de entrada. Si es parroquia se llama cruz parroquial, en otro caso será simplemente cruz procesional. La del arzobispo lleva doble travesaño y se llama cruz patriarcal. Suele llevar tallada o añadida una imagen del crucificado por un lado y otra de la Virgen por el reverso.
Como todos los acólitos, deberían vestir alba con cíngulo. También puede ser apropiado sobrepelliz sobre sotana negra, aunque ya sabemos que en las hermandades visten, impropiamente, dalmáticas.
En la procesión de entrada los ceroferarios serán dos, que se colocarán a derecha e izquierda del acólito crucífero (portador de la cruz). Van inmediatamente detrás del turiferario y portador de la naveta, que siempre abren marcha.
El acólito crucífero deberá llevar la parte de la cruz donde suele haber un crucificado mirando hacia delante. No obstante, en la catedral de Sevilla y cuando en la procesión va el arzobispo jurisdiccional (el ordinario del lugar) en ese caso se colocará la cruz de forma que el crucificado mire al arzobispo, o sea, hacia adentro. Si es otro obispo pero no el titular la cruz mirará adelante.
Al llegar al altar colocan los ciriales y la cruz en el sitio previamente previsto y se retiran discretamente a sus sitios.
Los ceroferarios vuelven a prestar su servicio en la proclamación del Evangelio. Durante el Aleluya van a por los ciriales y, encabezando la procesión al ambón, se colocan a ambos lados del mismo, afrontados. Al terminar la proclamación del Evangelio vuelven a su sitio. Aunque en los cultos de las hermandades es costumbre tener los ciriales levantados durante la proclamación evangélica no hay ninguna norma que lo indique de manera expresa.
El siguiente momento de su intervención será durante la Plegaria eucarística. Al llegar el Santus irán a por los ciriales y se colocarán delante del presbiterio, sin que en ningún caso establezcan una barrera entre el altar y el pueblo. Al acabar la Plegaria eucarística, con la doxología mayor –Por Cristo, con Él y en Él...– vuelven a sus sitios y ya no vuelven a intervenir hasta la procesión de salida, en el mismo orden que a la entrada.
Para terminar sólo unas palabras sobre los llamados acólitos ministros de la mitra y el báculo. Sólo están presentes, como es lógico, cuando oficia el obispo.
Además del alba y cíngulo portan sobre sus hombros unos anchos paños a modo de humeral llamados "vimpa" cuya función es puramente práctica: no tocar con las manos la mitra y el báculo para no ensuciarlos.
Su misión es tener la mitra y el báculo cuando el obispo no los usa. Les serán entregados por otro ministro. Su función es pues muy concreta y limitada. El portador del báculo debe saber que el obispo lo porta con su mano izquierda y con las volutas mirando adelante. Cuando lo sostenga el acólito deberá cuidar de que las volutas miren hacia atrás.
Jesús Luengo Mena, lector y acólito instituido.

13.12.08

EL ACÓLITO TURIFERARIO: SUS FUNCIONES

En una serie de artículos vamos a describir las funciones de los acólitos dentro de la celebración eucarística y que pueden y no pueden hacer. Comenzamos con el acólito turiferario y seguiremos posteriormente con los portadores de ciriales (ceroferarios) y ayudantes del altar.
El acólito turiferario (el portador del incensario) es uno de los acólitos más dinámicos dentro de la celebración eucarística. Viste, como todos los acólitos, alba con cíngulo.
El incensario se llama también turíbulo, del griego thus, que significa incienso. De ahí el extraño nombre de turiferario al portador del "turíbulo" o incensario.
Antes de comenzar a describir sus funciones haremos algunas advertencias previas. En primer lugar, el turiferario debe tener en cuenta que el incienso siempre lo pone el sacerdote que preside y lo pondrá siempre antes de cada momento en que tenga que usarlo. Así pues, el turiferario ofrecerá en los momentos oportunos el incensario al sacerdote. Debe saber que el sacerdote bendecirá el incienso recién impuesto, por lo que debe esperar a este rito para retirar o entregarle el incensario. Nunca debe dar la espalda al ministro al que sirve.
De igual forma siempre hará reverencia a la persona que vaya a incensar, antes y después de realizada la acción –sólo incensará, si procede, al sacerdote, al pueblo y en el momento de la consagración al Pan y al Vino–.
No debe hacer reverencia en el momento de ofrecer el incensario para que se ponga incienso sino solamente cuando va a incensar, excepto si sirve al obispo. Si hay presencia de diácono, el turiferario se limitará a pasárselo en los momentos oportunos y en este caso su misión se limita transportar el incensario, darlo y retirarlo. También debe saber que, salvo los momentos prescritos para incensar, el resto del tiempo no debe mover el incensario.
Hacemos un recorrido por su servicio en el supuesto, el más frecuente, de que no haya diácono.
a) En la sacristía ofrecerá el incensario al sacerdote para que éste ponga incienso.
b) En la procesión de entrada, el turiferario abre marcha. Lleva el incensario con su mano derecha, moviéndolo de atrás para adelante, siempre en el sentido de la marcha y nunca de derecha a izquierda, para evitar golpear a otros. Su mano izquierda irá colocada en el pecho. A su izquierda va el portador de la naveta.
c) Al llegar al presbiterio hace inclinación de cabeza al altar y sube por su izquierda, colocándose en un lugar discreto. Al llegar el sacerdote le ofrece el incensario para que ponga incienso y se lo entrega para que el sacerdote inciense al altar, la cruz y las imágenes. Acabado el rito recoge de manos del sacerdote el incensario y se retira a su sitio.
d) En el momento del Aleluya el turiferario se acercará de nuevo al sacerdote y se lo ofrecerá para que ponga incienso. En el momento preciso se dirigirá al ambón encabezando la procesión del Evangelio y se situará a la derecha del sacerdote –o diácono– para entregárselo cuando lo pida para incensar al Evangelio, tras las palabras “Lectura del Santo Evangelio según ...”. Después lo recoge y se retira. Debe moverlo moderadamente pero en toda su amplitud durante la proclamación evangélica.
e) Una vez preparadas las ofrendas procede su incensación. En este momento el turiferario se acerca al sacerdote para que ponga incienso. El sacerdote incensará a las ofrendas, al altar rodeándolo y a la cruz al llegar a su altura. A continuación, entregará el incensario al acólito turiferario. Éste incensará al sacerdote con tres golpes dobles (su nombre técnico sería tres ductus de dos ictus cada uno). Posteriormente incensará a los concelebrantes, si los hubiese, y después, dirigiéndose al centro del presbiterio y cara al pueblo lo incensará, siempre con tres golpes dobles. Primero al centro, luego a la izquierda y finalmente a la derecha. No debe incensarse expresamente ni a las autoridades presentes ni a los miembros de Junta sino al pueblo en general. Acabado el rito se retira a su sitio.
f) El último momento del empleo del incienso en la celebración eucarística llega en el momento de la consagración. Tras el santus el turiferario se colocará de rodillas delante del altar e incensará en el momento de la elevación del Pan y del Vino, también con tres golpes dobles. Se levantará tras la elevación del cáliz de manera que en la frase “Este es el sacramento de nuestra fe” y la posterior aclamación del pueblo esté ya en pie. Después se retira a su sitio.
g) Desde ese momento solamente interviene si hay Salve, ofreciendo el incensario al sacerdote para que inciense a la imagen mariana y retirándolo posteriormente.
h) En la procesión de salida procede igual que en la de entrada.
Como hemos visto, salvo al Santísimo que se le inciensa de rodillas, en los demás casos siempre es de pie.
Por último unos consejos prácticos sobre el manejo del incensario. El que inciensa sostiene con la mano izquierda las cadenas por su parte superior a la altura del pecho y con la derecha por la parte inferior, cerca del incensario y lo sostiene de manera cómoda de manera que pueda moverlo con soltura. Alzarlo a la altura de sus ojos es una buena medida.

10.12.08

LA SACRISTÍA Y SUS ELEMENTOS

La sacristía, aunque en sentido estricto no forma parte del conjunto litúrgi­co, juega un papel importante en la preparación del culto y en su digna realización. La sacristía mayor consiste en una habitación a modo de capilla que incluso puede tener un altar fijo. Debe ser espaciosa y se situará cerca del presbiterio o de la entrada de la iglesia. Es habitual construirla detrás del altar mayor. Sería deseable que hubiese otra sala cerca de la puerta de entrada a la iglesia, para cuando haya procesión de entrada.
El motivo central de la sacristía mayor puede ser un crucifijo o alguna otra imagen sagrada. Habitualmente, los clérigos y los ayudantes vene­ran esta imagen antes y después de las celebraciones litúrgicas. Es conveniente que haya, para información de los celebrantes visitantes, una cartela con los nombres del Papa y del obispo diocesano, y con el título de la iglesia. En la puerta de acceso a la iglesia debe haber una pila de agua bendita. También, junto a esta puerta, puede colgarse una campanilla para avisar al pueblo cuando una procesión vaya a hacer entrada en la iglesia.
Al diseñar o renovar una sacristía se deberían tener presentes los siguien­tes detalles: una mesa o un banco espacioso para extender los ornamen­tos, armarios y cajones grandes para guardar los ornamentos sagrados, una caja fuerte para los vasos sagrados y la llave del sagrario, un lavabo, toallas, un lavabo pequeño con desagüe directo a la tierra (sacrarium), un sitio donde guar­dar el pan y el vino para el sacrificio eucarístico, una estantería para guardar los libros litúrgicos, un reloj, un soporte para la cruz procesional, un sitio para reservar la Eucaristía durante las ceremonias de Pascua, y un armario o sitio decoroso para los san­tos óleos, si no se guardan en el baptisterio. Un espejo, para que los ministros y ayudantes puedan verse vestidos, es también importante que exista.
En la «sacristía de trabajo» debería haber un lavabo grande con agua caliente y fría, una mesa para planchar y una plancha, un lugar donde recoger una aspiradora y material de limpieza, más un mueble donde almacenar los candeleros, los candelabros, la base del cirio pascual, las figuras del belén y accesorios tales como: velas, lámpa­ras votivas, repuesto para lámparas de aceite o de cera, incienso, carbón y las palmas del año anterior; también sería práctico tener un refrige­rador. En la sacristía o cerca de ella, debe haber una zona para guardar y encender los incensarios. Los ayudantes y el coro deberían tener una habitación separada para cambiarse.
En la sacristía se tendrán en cuenta los mismos principios de limpieza y de orden que son esenciales en el cuidado de la iglesia. Habrá que tener un especial cuidado en la conservación de objetos decorativos, vasos sagrados y ornamentos que hayan sido heredados del pasado, excepto los de escaso valor que no vale la pena reparar o restaurar. Quienes están en la sacristía, antes o después de la celebración litúrgi­ca, deben guardar silencio o en hablar en voz baja.

1.12.08

CALENDARIO LITÚRGICO DEL AÑO 2009

El pasado treinta de noviembre fue el primer domingo de Adviento. Comienza un nuevo Año litúrgico y por lo tanto es útil relacionar las principales festividades del calendario litúrgico para el año 2009.

CELEBRACIONES MOVIBLES
Domingo 1º de Adviento: 30 de noviembre.
Sagrada Familia: 28 de diciembre.
Bautismo del Señor: 11 de enero.
Miércoles de Ceniza: 25 de febrero (comienza la Cuaresma)
Domingo de Ramos: 5 de abril
Domingo de Resurrección: 12 de abril. (Pascua)
Ascensión del Señor: 24 de mayo.
Domingo de Pentecostés: 31 de mayo. (Rocío)
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote: 4 de junio.
Santísima Trinidad: 7 de junio.
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: 14 de junio (Corpus)
Sagrado Corazón de Jesús: 19 de junio.
Jesucristo, Rey del Universo: 22 de noviembre.

TIEMPO ORDINARIO
En el año 2009, el tiempo ordinario comprende 34 semanas, desde el día doce de enero, lunes siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor, hasta el veinticuatro de febrero, día anterior al miércoles de Ceniza. Comienza de nuevo el tiempo ordina­rio el día uno de junio, lunes después del domingo de Pente­costés. Se omitirá la octava semana.

FIESTAS DE PRECEPTO EN ESPAÑA
1 enero Santa María, Madre de Dios.
6 enero Epifanía del Señor.
19 marzo San José, esposo de la Virgen María.
25 julio Santiago, apóstol.
15 agosto La Asunción de la Virgen María.
1 noviembre Todos los Santos.
8 diciembre La Inmaculada Concepción de la Virgen María.
25 diciembre La Natividad del Señor.
Además cada diócesis debe añadir las fiestas que acuerde el Obispo.

El año 2009 es año impar y el Leccionario dominical a usar es el del ciclo B.
Los libros litúrgicos a emplear son: Misal Romano, Oración de los fieles, Libro de la Sede y los Leccionario II –ciclo B– Leccionario IV –ferias del Tiempo ordinario–, Leccionario V –santos–Leccionario VII –ferias de los tiempos fuertes Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua– y Leccionario VIII –rituales–.
Jesús Luengo Mena

Fuente: Calendario Litúrgico Pastoral 2009. Edita Secretariado de la Comisión Episcopal dee Liturgia

18.11.08

LOS MOMENTOS PREVIOS A LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA II

Completamos con este artículo el anterior, dedicado a los momentos y preparativos previos a la celebración eucarística.
Al llegar a la sacristía, el celebrante debe asegurarse y comprobar que se ha escogido la celebración apropiada, de acuerdo con el calendario litúrgico pastoral. Debe recordar la intención particular por la que celebra el Sacrificio del Señor y marcar la página del misal, leccionario y del evangeliario si se usa. También pueden hacerlo ayudantes cualificados (un lector o sacristán).
Habría que señalar que hay «sacerdotes de sacristía», que se preocupan de demasiadas cosas, porque no delegan en los laicos la preparación del culto. Sin embargo a los laicos nos gusta realizarlo, como ministerio laico que es. Al igual que los sacristanes, los demás ayudantes deben saber dónde se guardan las vestiduras sagradas, el pan, el vino, los lienzos, el incienso, el carbón, las velas y demás para que, si es necesario, se pue­dan reponer durante la liturgia.
A los sacristanes, ayudantes, acólitos y lectores nos corresponde encargarnos de los siguientes preparativos:
* Retirar (si lo hay) el cubremantel y dejar extendido al menos un mantel, encender las velas en o cerca del altar (dos, cuatro o seis depen­diendo de la ocasión). En este momento no queda nada sobre el altar excepto la cruz, las velas y las flores, si es que se colocan sobre el altar. El micrófono, discreto, debe estar operativo tanto en el altar como en la sede y en el ambón. También un antipendio o frontal del color adecuado se puede poner en el altar.
* En la sede se colocan cerca el misal, o libro de la sede, y los libros para la oración de los fieles, los avisos y el micrófono.
* En el ambón se pone el leccionario abierto, a no ser que se lleve en proce­sión. El texto que lee el lector de la oración de los fieles y la homilía también deben estar preparados. Un antipendio o frontal del color correspondiente puede adornar el ambón.
* En la credencia se extiende un paño sobre la mesa y se coloca: el cáliz cubierto con un purificador doblado, la palia, el cubrecáliz (si se usa) del color de los ornamentos o blanco, un corporal doblado y otros cálices según las necesidades, cada uno con su purificador, atril y un misal grande si se utiliza un libro más pequeño en la sede. Si no hay procesión de ofrendas se coloca también la patena con la hostia grande para la comunión del sacerdote y las hostias a consagrar. Añadir el aguamanil, la jofaina y la toalla para el rito del lavabo. Asimismo las vinajeras con agua y vino.
* Si hay procesión de las ofrendas, se preparará una mesa apropiada y segura cubierta con un paño, sobre la que se colocarán: una(s) patena(s) grande y/o un copón con formas; las vinajeras con agua y vino y las ofrendas para los pobres de acuerdo con las costumbres locales. Aquí no debe haber velas encendidas. Es preferible que estos cálices no contengan el vino. Sin embargo, en las grandes celebraciones, los cálices deben prepararse antes de la Misa, para ganar tiempo en la preparación de las ofrendas.
* El sagrario debe tener la llave cerca, con un corporal extendido y algunos purificadores para los han distribuido la Eucaristía..
* Por último, en la sacristía, deben estar los ornamentos dispuestos preparándolos en orden inverso al que se sigue al revestirse. Si se usa incienso, se encenderá el carbón en el incensario unos minutos antes de la Misa y si antes de la Misa se va a bendecir el agua bendita, se prepara el acetre con el hisopo.
Jesús Luengo Mena

7.11.08

LOS MOMENTOS PREVIOS A LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA I

Vamos en este artículo a tratar sobre los momentos previos a la celebración eucarística. Son recomendaciones prácticas, que no pertenecen a la liturgia pero pueden ayudan a ambientar y celebrar mejor.

Así como el sacerdote se prepara en la sacristía, también el pueblo hace lo mismo. Cualquiera que sea nuestra relación con el celebrante, cuando preside una celebración litúrgica particular es «nuestro sacerdote» y nosotros somos «su pueblo».
En primer lugar se debe asegurar que todos los fieles tengamos fácil acceso a la iglesia. Hay que pensar en los niños, ancianos e inca­pacitados en el diseño de las puertas, escalones y rampas. En la iglesia debe instalarse una buena iluminación, calefacción y demás acondicio­namientos. Si es costumbre, se dará la bienvenida y se ayudará a los fie­les pero sin dar preferencia a algunas personas cuando se acomoda a los feligreses. Se excluyen circunstancias en ocasiones muy señaladas que, por cortesía que no por mejor derecho, algunos tendrán lugar reservado (costumbre muy propia de cofradías cuando acuden representaciones oficiales).
La iglesia debe estar abierta antes de la liturgia para que quien lo desee pueda rezar en privado. El silencio es la mejor preparación de la litur­gia. Aparte de una música apropiada, no se debería permitir ningún menoscabo del derecho que el pueblo tiene a la tranquilidad antes de la Eucaristía. Por ejemplo: no se deberían permitir ensayos del coro o musicales, avisos que pueden darse más tarde, o distracciones en el presbiterio o en cualquier otro sitio. Los asistentes pueden encontrarse y hablar antes de la Misa, pero en una zona bien apartada del lugar donde se celebrará la liturgia. La costumbre bastante generaliza de estar “charlando” antes de la Misa debería desterrarse, así como de entablar conversaciones y saludos al finalizarla. Siempre habrá otros lugares más adecuados. Hay personas que necesitan –todos lo necesitamos– orar en silencio y no se les puede escamotear su derecho a orar y meditar en silencio y recogimiento.
El pueblo puede llevar sus propios misales para seguir las lecturas y oraciones. Los textos se pueden facilitar tam­bién en el boletín parroquial, en un misal pequeño o en un programa para una Misa especial.
Asimismo, se pueden facilitar cantorales apro­bados por el obispo. No obstante, el uso de una pantalla para proyectar textos o letras de canciones parece contrario al espíritu de la liturgia, porque la pantalla se convierte en el centro de atención, en vez del altar, el ambón, o la sede. La tecnología audiovisual puede tener algún uso en la iglesia, pero proyectar durante la Misa películas o diapositivas sugerentes reduce la piedad a la mera cultura televisiva. Lo anterior no excluye que, en templos donde parte del pueblo no tiene acceso directa a la visión del presbiterio o lo tiene desde una excesiva lejanía, se puedan usar estos elementos tecnológicos (por ejemplo, en una catedral) pero para ayudar a la visión de la celebración.
Por otro lado, se permite poner música religiosa, con un volumen discreto y de buena calidad, antes o después de la Misa, pero no durante la liturgia, en la que la comunidad debe ofrecer a Dios sus propios regalos de alabanza musical.
Jesús Luengo Mena

29.10.08

EL RITO DE LA PREPARACIÓN DEL ALTAR Y LA PROCESIÓN DE LAS OFRENDAS

El ceremonial de la liturgia eucarística expresa la realidad sublime del sacrificio-banquete como un proceso litúrgico que se mueve a tra­vés de varios pasos de la celebración, distintos pero relacionados. El llamado “rito de las ofrendas” inicia la primera etapa de la liturgia eucarística, con tres momentos que comienzan con la sencilla señal de la preparación del altar. Estos pasos son: preparación del altar y de las ofrendas, procesión de las ofrendas (si la hay) y preparación de los dones.
En este artículo vamos a tratar sobre las dos primeras partes del rito.
Preparación del altar
El celebrante y el pueblo se sientan mientras los ayudantes preparan el altar. Traen el cáliz –o cálices–, el corporal y purificador(es), el misal, el atril y cualquier otro vaso que contenga formas. El acólito o un ayu­dante extiende el corporal en el centro del altar. El ayudante pone en el lado derecho del altar el cáliz y el purificador, aunque también el cáliz puede prepararse en la credencia. El misal y el atril quedan mejor formando ángulo a la izquierda del corporal. Colocar el misal delante del celebrante no es conveniente y ponerlo en el lado más alejado del corporal, obviamente, puede traer consigo algún percance.
Cualquier otro vaso sagrado con formas se colocará con cuidado en el corporal. Si hay demasiados vasos sagrados con formas, pueden colocarse fuera el cor­poral. Si se usa palia, se pondrá a la derecha del corporal. La llave del sagrario se puede dejar cerca de éste o a la derecha del corporal. Una vez preparado el altar el celebrante va directamente al altar, si no hay procesión de las ofrendas, esperando a que los ayudantes hayan preparado los vasos sagrados y el misal.

Procesión de las ofrendas
Los que van a llevar las ofrendas se reúnen junto a la mesa de las ofren­das y toman los vasos sagrados y las vinajeras. Los ayudantes o un ayu­dante (que no lleve cirio) les acompañan desde la mesa de las ofrendas hasta el altar. El pan va en una patena o en un copón, y las vinajeras, con el agua y el vino. También pueden traer las ofrendas para los pobres. No debieran llevar los cálices y otros vasos vacíos, ya que se pierde simbolismo. En ciertas ocasiones pueden llevar objetos, en particular muestras del trabajo, pero siempre con sentido común y sin desvirtuar el sentido esencialmente eucarístico del acto. Mientras se realiza la procesión el pueblo puede entonar un canto u otra forma musical.
Importante: lo primero que se debe llevar siempre es el pan y el vino.
El celebrante, normalmente, recibe las ofrendas de pie en la parte delantera del presbiterio, acompañado por dos ayudantes. De manera digna y amable, muestra agradecimiento por la generosidad expresada por esta acción. Los ayudantes recibirán de él el pan y el vino así como otros objetos y los llevarán al altar o a la credencia. El celebrante no debe llevar nada al altar. Si la colecta ya se ha realizado y se ha presen­tado dinero, éste no se pone en el altar sino en un lugar adecuado.

Terminamos con unos consejos prácticos sobre el uso del corporal.
El modo normal de extender el corporal se realiza de acuerdo con las instrucciones siguientes:
a) Se coge el corporal con la mano derecha y se coloca plano en el cen­tro del altar, aún doblado, a unos quince centímetros aproximadamen­te del borde del altar, o más lejos si es un corporal grande.
b) Se desdobla, primero a la izquierda y luego a la derecha, confor­mándose tres cuadrados.
c) Se desdobla la sección más alejada del celebrante, hacia fuera, de modo que queden seis cuadrados.
d) Finalmente, se desdobla el pliegue más próximo al celebrante que­dando visibles nueve cuadrados, y se ajusta el corporal cerca del borde del altar. Si el corporal tiene una cruz bordada en uno de los cuadrados exterio­res centrales, se gira de modo que la cruz quede lo más cerca posible del celebrante.
Aunque las Hostias ya no se colocan directamente sobre el corporal, es todavía útil para recoger los fragmentos que puedan caer en la fracción o en las purificaciones, etc. Por tanto, se debe tener cuidado para no rozar un corporal abierto y tampoco sacudirlo en el aire. Tal acción mostraría una falta de respeto al lienzo más sagrado del altar, que debe usarse siempre allí donde se celebre una Misa.

15.10.08

LA DOXOLOGÍA. EL HIMNO DEL GLORIA

La palabra doxología –del griego doxa (gloria) y logos (palabra) es una palabra de gloria, de alabanza y bendición, por lo general trinitaria que suele usarse como remate de una oración o himno.
En la Eucaristía la doxología principal es con la que concluye la Plegaria eucarística: “Por Cristo, con Él y en Él a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del espíritu santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”, respondiendo el pueblo con un AMEN. Si hay concelebrantes también lo recitan junto con el presidente, no así los demás ministros ni el pueblo.
La otra gran doxología que hay en la Misa es el himno del Gloria, en los ritos iniciales.
Con la palabra «gloria» comienzan dos de las doxologías de alabanza más clásicas para los cristianos: en la misa el himno «Gloria a Dios en el cielo», y en la oración en general, y en la salmodia en particular, el «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo».
El himno Gloria a Dios en el cielo «es un antiquísimo y venerable himno con que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios y al Cordero y le presenta sus súplicas» (OGMR 53). Se le llama también “himno angélico”, porque el evangelista Lucas pone su inicio en boca de los ángeles en la noche del nacimiento de Jesús (Lc2,14).
Es uno de los pocos himnos no bíblicos que nos han llegado de las primeras comunidades, junto con el “Te Deum” y el “Oh luz gozosa”. Parece ser que fue en el siglo IV cuando pasó a la misa, primero sólo para la Navidad y luego para las fiestas y domingos en las misas presididas por el obispo. Actualmente su uso se reserva para los domingos, solemnidades, fiestas y en ocasiones especialmente solemnes. En los tiempos de Adviento y Cuaresma no se dice. Como himno que es debería cantarse siempre, bien al unísono por el pueblo o alternando con un coro. También puede decirse en todas las misas del tiempo pascual aunque el Misal no lo proponga, si se las solemniza de alguna manera.

El Gloria está colocado normalmente en los ritos de entrada en los días festivos, inmediatamente antes de la oración colecta. Pero en la Vigilia Pascual se encuentra en medio de la liturgia de la Palabra, precisamente para subrayar el paso de las lecturas del AT a las del NT, acompañado con signos festivos tales como música, campanas y flores. También es solemne su canto en la ­Eucaristía vespertina del Jueves Santo y debería serlo sobre todo en la noche de Navidad (la llamada Misa del Gallo). Su contenido es un buen resumen de la Historia de la Salvación: la gloria a Dios y la paz a los hombres. Se alaba al Padre, Señor y Rey del universo; se alaba también a Cristo, Señor, Cordero, Hijo, el que quita el pecado del mundo, el único Santo; todo ello concluido con la doxología: “Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre”.
Jesús Luengo Mena

21.9.08

SEPA LO QUE PUEDE Y NO PUEDE HACERSE EN LA CELEBRACÓN DE LA MISA. COMENTARIOS A LA REDEMTIONIS SACRAMENTUM IV

Continuamos en este cuarto y último artículo analizando lo que la instrucción Redemptionis Sacramentum recuerda a la Iglesia sobre la forma correcta de celebrar la Misa.
En el capítulo 6, el documento trata sobre “la reserva de la Santísima Eucaristía y su culto fuera de la Misa”. Se recuerda que:
* El Santísimo Sacramento debe reservarse en un sagrario, en la parte más noble, insigne y destacada de la iglesia, y en el lugar más apropiado para la oración.
* Está prohibido reservar el Santísimo Sacramento en lugares que no están bajo la segura autoridad del Obispo o donde exista peligro de profanación.
* Nadie puede llevarse la Sagrada Eucaristía a casa o a otro lugar.
* No se excluye el rezo del rosario delante de la reserva eucarística o del Santísimo Sacramento expuesto.
* El Santísimo Sacramento nunca debe permanecer expuesto sin suficiente vigilancia, ni siquiera por un tiempo muy breve.
* Es un derecho de los fieles visitar frecuentemente el Santísimo Sacramento.
* Es conveniente no perder la tradición de realizar procesiones eucarísticas.
El capítulo 7 versa sobre “Los ministerios extraordinarios de los fieles laicos”. Allí el documento especifica que:
* Las tareas pastorales de los laicos no deben asimilarse demasiado a la forma del ministerio pastoral de los clérigos. Los asistentes pastorales no deben asumir lo que propiamente pertenece al servicio de los ministros sagrados.
* Solo por verdadera necesidad se puede recurrir al auxilio de ministros extraordinarios en la celebración de la Liturgia.
* Nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.
* Si habitualmente hay un número suficiente de ministros sagrados, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no deben ejercerlo.
* Se reprueba la costumbre de algunos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.
* Al ministro extraordinario de la Sagrada Comunión nunca le está permitido delegar en ningún otro para administrar la Eucaristía.
* Los laicos tienen derecho a que ningún sacerdote, a no ser que exista verdadera imposibilidad, rechace nunca celebrar la Misa en favor del pueblo, o que ésta sea celebrada por otro sacerdote, si de diverso modo no se puede cumplir el precepto de participar en la Misa, el domingo y los otros días establecidos.
* Cuando falta el ministro sagrado, el pueblo cristiano tiene derecho a que el Obispo, en lo posible, procure que se realice alguna celebración dominical para esa comunidad.
* Es necesario evitar cualquier confusión entre este tipo de reuniones y la celebración eucarística.
* El clérigo que ha sido apartado del estado clerical está prohibido de ejercer la potestad de orden. No le está permitido celebrar los sacramentos. Los fieles no pueden recurrir a él para la celebración.
Por último, en el capítulo 7 se trata sobre los Remedios, o sea, las soluciones y sanciones que se han arbitrar cuando se tengan noticias de abusos. Se afirma que “cuando se comete un abuso en la celebración de la Sagrada Liturgia, verdaderamente se realiza una falsificación de la liturgia católica”.
Se clasifican los abusos en categorías:
* actos graves o graviora delicta, siendo las más importantes el sustraer, retener o arrojar con fines sacrílegos las especies consagradas; atentar la realización de la liturgia del sacrificio eucarístico o su simulación; concelebrar con ministros de comunidades eclesiales que no tienen la sucesión apostólica; consagrar una sola de las especies o ambas, con fines sacrílegos y fuera de la Misa. Lo anterior no excluye el catálogo de actos graves.
* es competencia del Obispo investigar, corregir y sancionar los abusos de los que tenga conocimiento, comunicándolos a la Congregación para la Doctrina de la Fe.
finalizando se afirma que “cualquier católico, sea sacerdote, sea diácono, sea fiel laico, tiene –tenemos­- derecho a exponer una queja por un abuso litúrgico ante el Obispo diocesano”, siempre hecha con veracidad y caridad.

14.9.08

SEPA LO QUE PUEDE Y NO PUEDE HACERSE EN LA CELEBRACIÓN DE LA MISA. COMENTARIOS A LA REDEMTIONIS SACRAMENTUM III

Continuamos en este tercer artículo analizando lo que la instrucción Redemptionis Sacramentum recuerda a la Iglesia sobre la forma correcta de celebrar la Misa.
El capítulo 4 trata sobre la “Sagrada Comunión”, y se recuerdan las siguientes disposiciones:
* Si se tiene conciencia de estar en pecado grave, no se debe celebrar ni comulgar sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse. En este supuesto si se podría comulgar, siempre con la intención de confesar sacramentalmente a la primera ocasión, que debe ser buscada por el fiel.
* Debe vigilarse para que no se acerquen a la sagrada Comunión, por ignorancia, los no católicos o, incluso, los no cristianos.
* La primera Comunión de los niños debe estar siempre precedida de la confesión y absolución sacramental. La primera Comunión siempre debe ser administrada por un sacerdote y nunca fuera de la celebración de la Misa.
* El sacerdote no debe proseguir la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles.
* Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante.
* Se puede comulgar de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia de Obispos, con la confirmación de la Sede Apostólica. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie. Los fieles tenemos siempre derecho a elegir si deseamos recibir la Comunión en la boca, pero si el que va a comulgar quiere recibir el Sacramento en la mano, se le debe dar la Comunión.
* Si existe peligro de profanación, el sacerdote no debe distribuir a los fieles la Comunión en la mano.
* Los fieles no deben tomar la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por uno mismo, ni mucho menos pasarlos entre sí de mano en mano.
* Los esposos, en la Misa nupcial, no deben administrarse de modo recíproco la Sagrada Comunión.
* No debe distribuirse a manera de Comunión, durante la Misa o antes de ella, hostias no consagradas, otros comestibles o no comestibles.
* Para comulgar, el sacerdote celebrante o los concelebrantes no deben esperar que termine la comunión del pueblo.
* Si un sacerdote o diácono entrega a los concelebrantes la hostia sagrada o el cáliz, no debe decir nada, es decir, no pronuncia las palabras “el Cuerpo de Cristo” o “la Sangre de Cristo”.
* Para administrar a los laicos Comunión bajo las dos especies, se deben tener en cuenta, convenientemente, las circunstancias, sobre las que deben juzgar en primer lugar los Obispos diocesanos. Se debe excluir totalmente la administración de la Comunión bajo las dos especies cuando exista peligro, incluso pequeño, de profanación.
* No debe administrarse la Comunión con el cáliz a los laicos donde: 1) sea tan grande el número de los que van a comulgar que resulte difícil calcular la cantidad de vino para la Eucaristía y exista el peligro de que sobre demasiada cantidad de Sangre de Cristo, que deba sumirse al final de la celebración»; 2) el acceso ordenado al cáliz sólo sea posible con dificultad; 3) sea necesaria tal cantidad de vino que sea difícil poder conocer su calidad y proveniencia; 4) cuando no esté disponible un número suficiente de ministros sagrados ni de ministros extraordinarios de la sagrada Comunión que tengan la formación adecuada; 5) donde una parte importante del pueblo no quiera participar del cáliz por diversos motivos.
* No se permite que el comulgante moje por sí mismo la hostia en el cáliz, ni reciba en la mano la hostia mojada. La hostia que se debe mojar debe hacerse de materia válida y estar consagrada. Está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado o de otra materia.
En el capítulo 5, sobre “Otros aspectos que se refieren a la Eucaristía”, se aclara que:
* La celebración eucarística se ha de hacer en lugar sagrado, a no ser que, en un caso particular, la necesidad exija otra cosa.
* Nunca es lícito a un sacerdote celebrar la Eucaristía en un templo o lugar sagrado de cualquier religión no cristiana.
* Siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín.
* Es un abuso suspender de forma arbitraria la celebración de la santa Misa en favor del pueblo, bajo el pretexto de promover el “ayuno de la Eucaristía”.
* Se reprueba el uso de vasos comunes o de escaso valor, en lo que se refiere a la calidad, o carentes de todo valor artístico, o simples cestos, u otros vasos de cristal, arcilla, creta y otros materiales, que se rompen fácilmente.
* La vestidura propia del sacerdote celebrante es la casulla revestida sobre el alba y la estola. El sacerdote que se reviste con la casulla debe ponerse la estola.
* Se reprueba no llevar las vestiduras sagradas, o vestir solo la estola sobre la cogulla monástica, o el hábito común de los religiosos, o la vestidura ordinaria.

8.9.08

SEPA LO QUE PUEDE Y NO PUEDE HACERSE EN LA CELEBRACIÓN DE LA MISA. COMENTARIOS A LA REDEMTIONIS SACRAMENTUM II

En este segundo artículo seguimos analizando lo que la instrucción Redemptionis Sacramentum recuerda a la Iglesia sobre la forma correcta de celebrar la Misa.
En su Capítulo 3º se nos recuerda lo siguiente:
Las otras partes de la Misa
* Los fieles tienen el derecho de tener una música sacra adecuada e idónea y que el altar, los paramentos y los paños sagrados, según las normas, resplandezcan por su dignidad, nobleza y limpieza.
* No se pueden cambiar los textos de la Sagrada Liturgia.
* No se pueden separar la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística, ni celebrarlas en lugares y tiempos diversos.
* La elección de las lecturas bíblicas debe seguir las normas litúrgicas. No está permitido omitir o sustituir, arbitrariamente, las lecturas bíblicas prescritas ni cambiar las lecturas y el salmo responsorial con otros textos no bíblicos. No cabe pues introducir lecturas ni poemas o cosas por el estilo sustituyendo las lecturas del Leccionario o en lugar del salmo, aunque sean de Padres de la Iglesia o de santos muy reconocidos.
* La lectura evangélica se reserva al ministro ordenado (diácono o presbítero). Un laico, aunque sea religioso, no debe proclamar la lectura evangélica en la celebración de la Misa.
* La homilía nunca la hará un laico. Tampoco los seminaristas, estudiantes de teología, asistentes pastorales ni cualquier miembro de alguna asociación de laicos.
* La homilía debe iluminar desde Cristo los acontecimientos de la vida, sin vaciar el sentido auténtico y genuino de la Palabra de Dios, por ejemplo, tratando sólo de política o de temas profanos, o tomando como fuente ideas que provienen de movimientos pseudo-religiosos. No procede pues que la homilía sea un “mitín” político-social ni la exposición del pensamiento propio del sacerdote sobre cualquier tema, que puede tener su momento en otro lugar y contexto.
* No se puede admitir un “Credo” o Profesión de fe que no se encuentre en los libros litúrgicos debidamente aprobados. Es de señalar que la Protestación de Fe que las hermandades hacen en la Función Principal de Instituto debe también respetar este mandato.
* Las ofrendas, además del pan y el vino, sí pueden comprender otros dones. Estos últimos se pondrán en un lugar oportuno, fuera de la mesa eucarística.
* La paz se debe dar antes de distribuir la Sagrada Comunión, y se recuerda que esta práctica no tiene un sentido de reconciliación ni de perdón de los pecados.
* Se sugiere que el gesto de la paz sea sobrio y se dé sólo a los más cercanos. El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo en el presbiterio, para no alterar la celebración y del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles. No proceden las “movidas” que en algunas misas se producen al llegar ese momento salvo casos muy puntuales. El gesto de paz lo establece la Conferencia de Obispos, con el reconocimiento de la Sede Apostólica, “según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos”.
* La fracción del pan eucarístico la realiza solamente el sacerdote celebrante, ayudado, si es el caso, por el diácono o por un concelebrante, pero no por un laico. Ésta comienza después de dar la paz, mientras se dice el “Cordero de Dios”.
* Es preferible que las instrucciones o testimonios expuestos por un laico se hagan fuera de la celebración de la Misa. Su sentido no debe confundirse con la homilía, ni suprimirla.
Unión de varios ritos con la celebración de la misa
* No se permite la unión de la celebración eucarística con otros ritos, especialmente si lo que se añadiría tiene un carácter superficial y sin importancia. Si cabe, por ejemplo, la bendición de vasos sagrados, enseres u ornamentos para el culto. El momento más adecuado sería tras el silencio de la poscomunión. Lógicamente lo anterior no afecta a la celebración de otros ritos sacramentales, que sí pueden tener lugar durante la Misa (por ejemplo, el Matrimonio).
* No es lícito unir el Sacramento de la Penitencia con la Misa y hacer una única acción litúrgica. Sin embargo, los sacerdotes, independientemente de los que celebran la Misa, sí pueden escuchar confesiones, incluso mientras en el mismo lugar se celebra la Misa. Esto debe hacerse de manera adecuada.
* La celebración de la Misa no puede ser intercalada como añadido a una cena común, ni unirse con cualquier tipo de banquete. No se debe celebrar la Misa, a no ser por grave necesidad, sobre una mesa de comedor, o en el comedor, o en el lugar que será utilizado para un convite, ni en cualquier sala donde haya alimentos. Los participantes en la Misa tampoco se sentarán en la mesa, durante la celebración.
* No está permitido relacionar la celebración de la Misa con acontecimientos políticos o mundanos, o con otros elementos que no concuerden plenamente con el Magisterio.
* No se debe celebrar la Misa por el simple deseo de ostentación o celebrarla según el estilo de otras ceremonias, especialmente profanas.
* No se deben introducir ritos tomados de otras religiones en la celebración de la Misa. El ecumenismo bien entendido y tan buscado hoy por la Iglesia no consiste en modo alguno en renunciar a lo propio ni en integrar otros ritos ajenos a la liturgia católica.
Jesús Luengo Mena, Lector instituido y Vicette de Jesús Despojado.

31.8.08

SEPA LO QUE PUEDE Y NO PUEDE HACERSE EN LA CELEBRACIÓN DE LA MISA. COMENTARIOS A LA REDEMTIONIS SACRAMENTUM I

La instrucción de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos “Redemptionis Sacramentum”, publicada el veinticinco de marzo de 2004, describe detalladamente en sus ocho capítulos cómo debe celebrarse la Eucaristía y lo que puede considerarse como "abuso grave", así como los remedios a poner. En una serie de cuatro artículos les vamos a ofrecer un resumen de las normas más significativas que este documento recuerda a toda la Iglesia.
En el Capítulo I sobre la “Ordenación de la Sagrada Liturgia” se recuerda lo siguiente:
* Compete a la Sede Apostólica ordenar la Sagrada Liturgia de la Iglesia universal, editar los libros litúrgicos, revisar sus traducciones a lenguas vernáculas y vigilar para que las normas litúrgicas se cumplan fielmente.
* Los fieles tienen derecho a que la autoridad eclesiástica regule la Sagrada Liturgia de forma plena y eficaz, para que nunca sea considerada la liturgia como propiedad privada de alguien.
* El Obispo diocesano es el moderador, promotor y custodio de toda la vida litúrgica. A él le corresponde dar normas obligatorias para todos sobre materia litúrgica, regular, dirigir, estimular y algunas veces también reprender.
* Compete al Obispo diocesano el derecho y el deber de visitar y vigilar la liturgia en las iglesias y oratorios situados en su territorio, también aquellos que sean fundados o dirigidos por institutos religiosos, si los fieles acuden a ellos de forma habitual.
* Todas las normas referentes a la liturgia, que la Conferencia de Obispos determine para su territorio, conforme a las normas del derecho, se deben someter a la aprobación de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, sin la cual, carecen de valor legal.
En el Capítulo II sobre la “Participación de los fieles laicos en la celebración de la Eucaristía”, se establece que:
* La participación de los fieles laicos en la celebración de la Eucaristía, y en los otros ritos de la Iglesia, no puede equivaler a una mera presencia, más o menos pasiva, sino que se debe valorar como un verdadero ejercicio de la fe y la dignidad bautismal.
* Se debe recordar que la fuerza de la acción litúrgica no está en el cambio frecuente de los ritos, sino, verdaderamente, en profundizar en la palabra de Dios y en el misterio que se celebra.
Sin embargo, no se deduce necesariamente que todos deban realizar otras cosas, en sentido material, además de los gestos y posturas corporales, como si cada uno tuviera que asumir, necesariamente, una tarea litúrgica específica; aunque conviene que se distribuyan y realicen entre varios las tareas o las diversas partes de una misma tarea. La participación no consiste pues en que muchas personas realicen distintas funciones.
* Se alienta la participación de lectores y acólitos que estén debidamente preparados y sean recomendable por su vida cristiana, fe, costumbres y fidelidad hacia el Magisterio de la Iglesia.
* Se alienta la presencia de niños o jóvenes monaguillos que realicen un servicio junto al altar, como acólitos, y reciban una catequesis conveniente, adaptada a su capacidad, sobre esta tarea. A esta clase de servicio al altar pueden ser admitidas niñas o mujeres, según el juicio del Obispo diocesano y observando las normas establecidas.
Ya en el Capítulo 3 se habla sobre la “Celebración correcta de la Santa Misa” y se especifica sobre varios asuntos.
La materia de la Santísima Eucaristía
* El pan a consagrar debe ser ázimo, de sólo trigo y hecho recientemente. No se pueden usar cereales, sustancias diversas del trigo. Es un abuso grave introducir en su fabricación frutas, azúcar o miel.
* Las hostias deben ser preparadas por personas honestas, expertas en la elaboración y que dispongan de los instrumentos adecuados.
* Las fracciones del pan eucarístico deben ser repartidas entre los fieles, pero cuando el número de estos excede las fracciones se deben usar sobre todo hostias pequeñas.
* El vino del Sacrificio debe ser natural, del fruto de la vid, puro y sin corromper, sin mezcla de sustancias extrañas. En la celebración se le debe mezclar un poco de agua. No se debe admitir bajo ningún pretexto otras bebidas de cualquier género.
La Plegaria Eucarística
* Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarísticas del Misal Romano o las aprobadas por la Sede Apostólica. Los sacerdotes no tienen el derecho de componer plegarias eucarísticas, cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas.
* Es un abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno sólo o por todos los fieles juntos. La Plegaria Eucarística debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el sacerdote. Lo anterior no excluye que, cuando hay concelebrantes, digan las partes previstas para ellos.
* El sacerdote no puede partir la hostia en el momento de la consagración.
* En la Plegaria Eucarística no se puede omitir la mención del Sumo Pontífice y del Obispo diocesano.
Jesús Luengo Mena, Vicette de Jesús Despojado y Lector instituido

21.8.08

LA SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN

Una de las tres fiestas marianas que la Iglesia celebra con grado de solemnidad es la de la Asunción –las otras dos son la Inmaculada Concepción y Santa María, Madre de Dios–.
El dogma de la Asunción de la Virgen (quince de agosto) es el más reciente cronológicamente, ya que fue declarado como tal el uno de noviembre de 1950 por Pío XII, con estas palabras: "Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial" (Constitución Apostólica Munificentissimus Deus). El sentido de esta fiesta es que "María asunta al cielo personifica el estado de gloria que tienen todos los que, como Ella, murieron en Cristo".
La Marialis Cultus dice al respecto: "En la solemnidad del quince de agosto celebramos la gloriosa Asunción de María al cielo, fiesta en la que recordamos su destino de plenitud y bienaventuranza, la glorificación de su alma inmaculada y de su cuerpo virginal, su perfecta configuración con Cristo resucitado. Fiesta que propone a la Iglesia y a la Humanidad la imagen y la consoladora garantía del cumplimiento de la esperanza final. Pues dicha glorificación plena es el gozoso destino de todos aquellos a quienes Cristo ha hecho hermanos, teniendo en común con ellos la carne y la sangre" (MC 6). Por lo tanto toda la Iglesia, nosotros también, tenemos como destino último esa glorificación.
Esta piadosa creencia ya se venía aceptando desde el siglo VI, relacionada con la fiesta de la Dormición celebrada desde muy antiguo en las iglesias orientales. Desde el siglo VI ya se celebraba una fiesta en Jerusalén que pasa a Occidente con el nombre de la Dormición de Santa María. También se la llamado “deposición”, “glorificación” y “transito”.
El Misal nos ofrece dos formularios: uno para la Misa de la Vigilia y otra para la Misa del día. El prefacio nos indica que “con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la mujer que, por obra del Espíritu, concibió en su seno al autor de la vida”. La Virgen sufrió la muerte corporal, como cualquier humano, sin pasar por la corrupción sepulcral.
A los ocho días –el veintidós de agosto– y como un eco de esta solemnidad celebraremos la memoria de Santa María, Reina, en la cual se contempla a “Aquella que, sentada junto al Rey de los siglos, resplandece como Reina e intercede como Madre” (MC 6).
Para terminar aclarar que Asunción es diferente de Ascensión, términos que frecuentemente se confunden. El Señor “ascendió” al cielo él solo, sin ayuda de nadie, por ser Dios (Ascensión). La Virgen María fue “asunta” o sea, fue llevada, ascendida.
Jesús Luengo Mena

18.7.08

EL LIBRO DE LA ORACIÓN DE LOS FIELES

La oración universal u oración de los fieles es la oración conclusiva de la Liturgia de la Palabra. Se dice tras la homilía o el Credo (si lo hay) y mediante ella el pueblo, ejercitando su oficio sacerdotal, ruega por toda la humanidad. La asamblea expresa su súplica o bien con una invocación común, que se pronuncia después de cada intención, o con una oración en silencio.
Esta oración también puede decirse fuera de la misa, en otras acciones litúrgicas y en ejercicios piadosos.
Tiene varias partes: invitación, intenciones, respuesta o silencio y conclusión. Siempre la introduce el sacerdote o diácono y la concluye. Las intenciones las puede leer un lector (hombre o mujer). Si es misa con niños pueden hacerla ellos. En general, con un lector basta. No es recomendable una acumulación de lectores para dar una falseada apariencia de participación. Los lectores deben subir de la nave al presbiterio y tras hacer reverencia al altar se dirigen al sitio dispuesto (puede ser el ambón o mejor otro lugar diferenciado). El sacerdote dirige la oración desde la sede o desde el ambón.
Las características de esta oración son varias:
· súplica al Padre
· es oración litúrgica
· participa todo el pueblo
· se pide por las necesidades de la Iglesia y de todo el mundo (de ahí su nombre de universal)
Esta oración tiene un libro propio. El Libro de la Oración de los fieles es uno los libros litúrgicos, que contiene los distintos formularios de la Oración de los fieles para todo el Año litúrgico.
Hay formularios para el Propio del Tiempo, para Adviento, Navidad, Cuaresma, Semana Santa, Triduo Pascual y tiempo de Pascua. También el Libro recoge oraciones para el Propio y Común de los Santos, Misas rituales, difuntos, etc.
Las peticiones pueden prepararse por el equipo de liturgia, siguiendo la normativa al respecto.

2.7.08

REQUISITOS PARA QUE UN TEMPLO SEA DECLARADO COMO BASÍLICA

El término basílica deriva del griego (basiliké) que significa regia o real, y viene a ser una elipsis de la expresión basiliké oiría, que quiere decir "casa real". Una basílica era un suntuoso edificio público que en la Grecia antigua solía destinarse al tribunal, y luego en las ciudades romanas ocupaba un lugar preferencial en el foro.

Basílica romana: En Roma, capital del imperio, apareció la basílica hacia el año II antes de Cristo. Era un edificio dedicado a la transacción comercial o para la administración de justicia. Muchas veces en la basílica deliberaban los ciudadanos sobre asuntos importantes de la urbe. Arquitectónicamente se trató siempre de una gran sala rectangular, compuesta por una, tres o cinco naves; la central siempre más ancha y alta y soportada por hilera de columnas que la separaban de las laterales. En la diferencia de altura siempre se aprovecha para abrir ventanas de iluminación en los muros más elevados. En uno de los extremos de la nave principal existía siempre un ábside, donde se instalaba la presidencia, mientras que el ingreso se efectuaba por el extremo opuesto, donde estaba el pórtico con su nártex.

Basílica cristiana: Tras el edicto de Milán, promulgado por Constantino en el año 313, el imperio deja de perseguir a los cristianos. A partir de entonces el modelo basilical se utiliza para la construcción de los nuevos templos, y muchas de las antiguas basílicas romanas se convierten en templos cristianos. Tal es el ejemplo del palacio de Letrán, que pasa a ser la catedral de Roma. En el ábside se coloca el altar y alrededor de él se disponen los oficiantes del culto. En el presbiterio se sitúan los sacerdotes y en la nave o naves, los fieles que asisten al culto cristiano. Posteriormente se adoptaron otras formas, tales como la planta de cruz latina o de cruz griega, que fueron generalizando la construcción basilical sin que desaparezca la forma antigua. Así pues la basílica pasó a ser un tipo peculiar de templo cristiano, y en este sentido se utiliza hoy tanto desde el punto de vista arquitectónico como religioso, para designar a un templo de gran importancia.

Basílica litúrgica: Pero más allá de su trazado arquitectónico, una iglesia se transforma en basílica por decisión pontificia. De esta forma son basílicas aquellas iglesias que por aspectos de cierto relieve, son reconocidas y designadas por privilegio papal. Se distinguen dos tipos de basílicas "mayores" y "menores".
Son basílicas mayores o patriarcales las cuatro que en Roma están designadas para ganar la Indulgencia del Año Jubilar, y a las que se ingresa por la Puerta Santa que cada uno posee, y que son: San Pedro del Vaticano, San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y San Pablo Extramuros.
Son basílicas menores todas las demás, repartidas por el mundo y que son reconocidas o designadas como tales por decisión pontificia. De esta manera la Santa Sede le está otorgando a dicho templo un honor especialísimo que debe enorgullecer y comprometer a la comunidad que se reúne en ese templo.
Los requisitos:
Para que un templo pueda alcanzar el título basilical, debe reunir tres requisitos.
* debe ser un templo de regio esplendor, levantado con un perfil destacado, o sea, arquitectónicamente importante
* dicho templo debe ser foco espiritual de una comunidad que es santuario para la multitud de devotos que acuden a él, debe atraer a miles de fieles
* que dicho templo, bajo sus bóvedas, posea un tesoro espiritual y sagrado, dando culto ininterrumpido al Señor, a la Virgen y al Santo venerado en él, o sea, que la devoción a la imagen que allí se venere sea importante y traspase los límites de su propia comunidad. El clto debe estar atendido y asegurado por suficiente número de sacerdotes.
Las insignias:
Para manifestar externamente los tres requisitos, la Santa Sede concede tres insignias a la basílica:
* La umbella basilical: Es una sombrilla a dos colores, escarlata y amarillo, tal como la usaban los emperadores de Oriente. Está ubicada en un lateral del presbiterio, generalmente abierta en días de indulgencia o de grandes fiestas.
* El tintinábulo: Es un marco grande y dorado, con la imagen del patrono de la basílica en el centro, colocada en un asta muy elevada y coronada a su vez por una pequeña umbella bicolor. Posee una campanilla que tintinea (de ahí el nombre), y que suele tocarse para llamar a la gente cuando el Papa se aproxima (si se diera el caso) o en grandes solemnidades litúrgicas. Está ubicado en el lateral opuesto del presbiterio.
* El escudo de armas: Una basílica, al igual que el obispo y la diócesis, posee un escudo de armas. Suele colocarse el escudo de armas y las insignias papales juntos, para destacar la vinculación que la basílica posee con la Santa Sede. Se pueden pintar al fresco en la bóveda de la nave central, y en puertas de ingreso al templo.

29.6.08

ROMANO GUARDINI, SACERDOTE CATÓLICO

Romano Guardini nació en Verona en 1885 y murió en Munich en 1968. Estudió primero química en Tubinga, luego economía política en Berlín y finalmente teología en Bonn. Hijo del cónsul italiano en Maguncia, el joven compartió en el hogar la raíz de humani­dad propia de Cicerón y de San Agustín, de Virgilio y Dante, pero su implantación decisiva en la rea­lidad deriva de la formación espiritual e intelec­tual que le otorgaron la historia y lengua alema­s.
Es un ejemplo máximo de lo que puede llegar a una persona cuando desde su cultura intelectual y cordialmente poseída se injerta en otra. Desde 1910 doctor en teología por la universidad de Friburgo, profesor titular en la universidad de Berlín desde 1923, hasta que fue separado de la cátedra por los nazis en 1939.
Acabada la II Guerra Mundial es integrado a la docencia universitaria con una cátedra de filosofía religiosa en Tubinga donde enseña hasta el 1948 cuando se traslada en la universidad de Munich, permaneciendo en ella hasta 1964, año de su jubilación. Es precisamente en el duro invierno postbélico de 1947 cuando Guardini inicia unas clases concluyéndolas en 1948 en Munich. El texto de aquel ciclo universitario es publicado en 1950 bajo el título "Das ende Der Neuzeit" (traducción española: "El ocaso de la Edad Moderna", ed. Guadarrama, Madrid 1958).El libro, adelantando de treinta años la tesis del agotamiento de la modernidad, impacta a los círculos culturales de Occidente. En efecto aquel libro pareció, a muchos intelectuales, inactual desde el mismo título o, por lo menos, desconcertante en los años de una postguerra dominada por la ilusión de un "renacimiento" de la modernidad bajo el alero de una alianza entre la cultura ilustrada y el cristianismo que, superadas viejas rencillas, se habían asociado para anunciar el amanecer de un "mundo nuevo" liberado por completo de las perniciosas sugestiones del totalitarismo.
Despejando el optimismo ingenuo de aquellos que celebraban el asomarse de la razón, la cultura y la tolerancia entre los escombros morales y materiales dejados por la guerra, Romano Guardini amonestaba: "No se trata de un renacimiento, sino solo de una ilusoria reacción a los éxitos negativos de una modernidad que ha concluido sin remedio su ciclo. Por lo tanto es necesario analizar la época que termina para vislumbrar los tiempos postmodernos que la siguen y que todavía no tienen nombre".
La vida cultural alemana entre 1918 y 1968 ya no es pensable sin lo que fue este educador y guía de juventud desde sus primeros años dirigiendo los movimientos juveniles en Rothenfels y el grupo Quick­rn, -fue considerado «praeceptor Germanice». Como profesor en Berlín y luego en Tubinga y Munich, Guardini fue presentando las figuras fundadoras de la conciencia europea, trayéndolas desde su leja­nía hasta el nivel de la conciencia contemporánea, para que pudieran ser percibidas como faros en la navegación humana: Sócrates, San Agustín, Dante, Pascal, Hólderlin, Dostojevski, Mórike, Rilke... Los libros dedicados a cada uno de ellos siguen sien­do interpretación elocuente de ese universal huma­no, que sólo descubrimos cuando alguien lo encar­na vivo ante nuestros ojos.
Pero en este artículo de homenaje nos fijaremos especialmente en su participación en el movimiento litúrgico, nacido alrededor de grandes abadías benedictinas. Junto a otras grandes figuras fue redescubriendo la riqueza de la liturgia y contribuyó a introducir el arte moderno en las iglesias, promoviendo la participación de los fieles en las celebraciones y abriendo las puertas de la Iglesia a la modernidad.
Sus libros sobre liturgia (El Espíritu de la Liturgia, Sobre la Iglesia, Los símbo­los sagrados) son hoy básicos para comprender la reforma litúrgica. Su influjo llegó a España. Ortega y Gasset en su segundo periplo por Alemania percibió el eco de su magisterio. También influyó sobre Luis Díez del Corral y Alfonso Querejazu, que siguieron sus clases en Berlín y de su espíritu aprendieron mesura y magnanimidad. Rigor intelectual y abertura católica.
A la hora de enunciar los grandes influjos de Guardini no es posible olvidar tres nombre estelares: Rahner, Baltasar y Ratzinger. Bajo su influencia construyeron sus grandes síntesis personales y proyectos eclesiales. Son superiores a él, pero sin él ¿hubieran sido posibles? Los tres han dedicado libros a recoger su ejemplaridad y a trasmitir su pensamiento. Rahner concluía su testimonio con estas palabra que dejamos como invitación y tarea a las nueva generaciones. «El hombre y la obra que provoca nuestra gratitud no nos quitan a los más jóvenes que tuvimos la suerte de convivir con él, ni a la joven generación, el peso del propio quehacer y responsabilidad. Pero él sigue siendo para nosotros un ejemplo y una bendición».
Fuente: Diario ABC (03/06/2008). Artículo de Olegario González de Cardenal (extracto)

25.6.08

EL CAMINO NEOCATECUMENAL: PECULIARIDADES LITÚRGICAS

Tras cinco años “ad experimentum y después de una amplia consulta a obispos de toda la Iglesia, la Santa ha aprobado de manera definitiva el Estatuto del Camino Neocateumenal (11-mayo-2008). El Camino Neocatecumenal, popularmente conocidos como kikos, es una realidad eclesial que surgió alrededor de 1964 por iniciativa del artista plástico Kiko Argüe­llo, quien decidió dejarlo todo para vivir entre los más pobres en las barracas de Palomeras Altas, en la periferia de Madrid. En ese ambiente, se fraguó, junto al trabajo de la teóloga Carmen Hernández, la idea de poner en marcha un itinerario de evangeli­zación de adultos que llevara al redescubrimiento del Bautismo y una educación permanente en la fe.
En 1972 1a propuesta de Argüello recibió el nombre de Camino Neocatecumenal tras ser estudiado a fondo por la Congregación para el Culto Divino. Actualmente, también les acompaña el padre Mario Pezzi, que junto a Kiko Argüello y Carmen Hernández, forman el equipo responsable a nivel mundial del Camino Neocatecumenal. En España, hay en la actualidad cinco seminarios diocesanos misioneros Redemptoris Mater para la Nueva Evangelización: Madrid, Castellón, Granada, Córdoba, Murcia, León, y el próxi­mo curso, a petición del obispo, comenzará a funcionar también el de Navarra. En todo el mundo son más de 19.000 comunidades presentes en 5.700 parroquias y 1.200 diócesis.
El Vaticano les puso algunos reparos a originalidades litúrgicas, algunas de las cuales les han sido ahora admitidas y otras no.
En este artículo no vamos a analizar su carisma ni espiritualidad sino solamente las peculiaridades litúrgicas que les han sido aprobadas, referidas a la forma de celebrar la Misa.
Ante todo decir que una de las características de la liturgia es su no-arbitrariedad, o sea, que no puede cambiarse a capricho. Si cada sacerdote, comunidad, grupo o congregación desarrollase su propia liturgia ésta dejaría de ser católica, universal.
En primer lugar la Santa Sede les recuerda que es obligatorio usar los libros oficialmente aprobados para la celebración de los sacramentos (misal, leccionarios, rituales, etc)
Sobre el día de su celebración eucarística más importante (sábado por la noche) se debe considerar que forma parte de las activi­dades de la parroquia y deberá estar abierta a otros fieles que deseen participar. No podía ser de otro modo. La Eucaristía no puede ser privada y todo católico tiene derecho a asistir a ella. Eso no excluye las celebraciones para grupos determinados.
En cuanto a los aspectos litúrgicos en la celebración de la misa, que es uno de los aspectos que más se habían cuestionado, el Vaticano ha señalado que se les permite seguir tomando la comunión bajo las dos especies y usar pan ácimo. Obliga a que los fieles que asistan a estas celebraciones eucarísticas comulguen en pie y no sentados, como solían hacer. La comunión, con el vino consagrado, la pueden seguir recibiendo sentados para evitar que pueda desbordarse del cáliz. Esto significa que todas las comunidades de­ben abandonar la costumbre de recibir la comunión sentados a la mesa.
Otra peculiaridad consiste en cambiar el momento del rito de la paz, para hacerlo antes de la consagración y después de la Oración de los fieles, tal como lo venían haciendo hasta ahora, siguiendo el rito mozárabe. El rito de la paz, hoy día antes de la comunión, es un rito que algunos liturgistas debaten sobre su momento más idóneo. Algunos ­­piensan que otro momento oportuno podría ser tras el acto penitencial.
En lo referente a la homilía, debe ser siempre pronunciada por un sacerdote o un diácono, nunca por un laico. La Santa Sede ha aceptado su costumbre de que, antes de la homilía, los participantes en la misma puedan hacer un eco para explicar y comunicar a los presentes que le ha dicho la Palabra de Dios que han escuchado, sin que ello suponga una sustitución de la homilía. Se prevén también moniciones antes de la Palabra. Además, en el artículo 13 se especifica que las celebraciones eucarísticas de la Comunidad Neocatecumenal "forman parte de la pastoral litúrgica dominical de la parroquia y están abiertas a otros fieles". Según el canonista vatica­no Juan Ignacio Arrieta, «la principal consecuencia de la personalidad pública, que se aplica al itinerario de forma­ción Neocatecumenal, se refie­re a la particular autoridad eclesial con la que, bajo la di­rección del obispo diocesano, se imparte ahora el Camino».
Por último aclarar a nuestros lectores que el Camino no es una Congregación ni Orden religiosa, sino un itinerario formativo para la fe y vida cristiana en la perspectiva de la nueva evangelización.
Jesús Luengo Mena

22.6.08

VESTIDURAS, ORNAMENTOS Y OBJETOS LITÚRGICOS EN DESUSO II

Portapaz
El portapaz es una pequeña placa de metal, maderoa o marfil con alguna imagen o signos que no suele medir más de 12 ó 15 cm de alto, y algo menos de ancho. Su uso estaba destinado a los fieles que se lo pasaban entre ellos para besarlo en el momento de la misa en que se daban la paz. Hoy día se suele hallar expuesto en los tesoros eclesiásticos sin uso alguno, en el mejor de los casos, cuando no se halla olvidado en los armarios parroquiales o conventuales. Se encuentra también en muchos museos que cuentan con objetos sacros. Durante el Renacimiento tuvieron una especial importancia artística.

Sacras
Se llama así a tres cuadritos enmarcados y con cristal, a veces muy bien adornados, que se colocaban de pie sobre el altar, apoyados en la base del retablo para que el sacerdote pudiera decir unas oraciones determinadas sin necesidad de recurrir siempre al misal.

Silla gestatoria
Se llama silla gestatoria a una silla provista de dos travesaños para ser llevada en hombros. Era usada para llevar en procesión al Papa en ciertas ceremonias solemnes, de manera que la multitud pudiera verlo. Tras ella marchaban los flabelos. Actualmente ha caído en desuso, pues el Papa suele usar vehículos motorizados cuando pasea entre multitudes. Los ayudantes que la llevaban eran llamados sediarios.

Tiara pontificia
Es una tiara alta con tres coronas de origen bizantino y persa que representa el símbolo del papado.
Las tiaras papales fueron usadas por todos los papas desde Clemente V hasta Pablo VI quien fue coronado en 1963. Pablo VI abandonó el uso de la corona a partir del Concilio Vaticano II, dejándola simbólicamente en el altar de la Basílica de San Pedro, pero no abolió su uso, si bien todos sus sucesores hasta hoy han decidido no ser coronados. En la actualidad la tiara sigue siendo símbolo del papado como se refleja en el escudo de armas de la Santa Sede y el Vaticano. El escudo de armas personal de Benedicto XVI no contiene la tiara tradicional entre sus ornamentos. Ésta fue remplazada por la mitra, si bien la mitra contiene tres niveles que recuerdan la tiara papal. Otra novedad ha sido la incorporación en su escudo del palio pontificio que nunca había aparecido antes en un escudo papal.

14.6.08

VESTIDURAS, ORNAMENTOS Y OBJETOS LITÚRGICOS EN DESUSO

En una serie de dos artículos vamos a relacionar, a modo de curiosidad y cultura litúrgica, algunos de los objetos o vestiduras liturgicos que ya o bien no se usan o han quedado opcionales.
Aguamanil
Se conoce por ese nombre tanto un jarro con pico para verter agua en una palangana o bien a la pila donde se lavan los sacerdotes las manos. Están situados, donde aún se conservan, en las sacristías y llegaron a tener cierta relevancia artística.

Barandilla de la comunión
Llamadas también barandillas del altar, esta estructura semejante a una valla todavía puede verse en algunas antiguas iglesias. Algunas de las razones de su introducción fueron proteger el altar de las profanaciones y reservar la zona del presbiterio para ciertas personas y ritos. Las ultimas barandillas tenían la altura y anchura adecuadas para arrodillarse en el momento de recibir la comunión.

Capa magna
La capa magna es una capa muy larga y aparatosa con una cola de varios metros de largo y capucha. La parte anterior viene recogida sobre el brazo y se deja caer al sentarse. Era generalmente utilizada por los prelados en las ceremonias litúrgicas más solemnes. La capucha se pone sobre la cabeza en lugar de la birreta durante los oficios de Semana Santa y sobre el galero papal cuando éste es utilizado (por ejemplo, en las procesiones y por los cardenales durante la creación del consistorio público). La capa magna la pueden usar los obispos y los cardenales. Los obispos pueden llevarla en la propia diócesis, los arzobispos en su provincia, los nuncios apostólicos en el lugar de su Legación y los cardenales en cualquier sitio. La capa magna hace obligatorio el uso de un clérigo (llamado caudatario) encargado de sostenerla. Actualmente su uso es optativo y está en desuso.

Capelo
Es un sombrero de color rojo, propio de los cardenales. Hoy día suele sustituirse por la birreta en el vestuario propio. No obstante, sigue apareciendo en la heráldica eclesiástica.
Carraca
Es un instrumento sonoro de madera para ruido o convocar, formado por una lengüeta que choca en una rueda dentada al darle vueltas, sustituía a las campanillas en el triduo pascual. En algunos templos se sigue usando, como por ejemplo en la catedral de Sevilla.

Catafalco
El catafalco era una pieza de madera con forma de ataúd colocada encima de un soporte y cubierta con un paño mortuorio como si fuera un féretro. Se utilizaban en los funerales sin la presencia del cadáver.
Dejaron de usarse debido a su simbolismo vacío ya que lo debía ser honrado con signos de despedida en el cadáver, no una imagen o representación del fallecido. En algunos diccionarios la palabra catafalco se define como una plataforma donde se coloca el féretro.
Conopeo
Del griego Konopeion que viene a ser como un velo o mosquitero. Conopeo es el velo que a modo de tienda que cubría el sagrario donde se reserva la eucaristía se solía utilizar una tela de colores litúrgicos propio del tiempo o la fiesta.
Cucharilla eucarística
Eran de mango largo y las usaban algunos sacerdotes para estar seguros de que sólo cayeran una ó dos gotas de agua en el cáliz.

Facistol
Es un atril grande giratorio en cuyas cuatro caras con repisa se depositaban los libros del canto litúrgico para ser vistos a distancia. La explicación del gran tamaño de los libros de coro se debe a que con un solo libro todo el coro podía leer y cantar –las partituras individuales que ahora se usan son muy modernas, gracias a los modernos medios de reproducción–.

Guantes litúrgicos, medias, calzado de los obispos
Los guantes decorados con amplios puños, calcetines del color del día litúrgico, así como varias formas de sandalias adornadas se usaron durante mil años como signos de oficio, dignidad y tradición para los obispos.

Hijuela
Es pedazo de tela normalmente de forma circular que se ponía encima de la hostia para evitar el roce del paño que cubría el cáliz y que se retiraba de la patena antes de comenzar el ofertorio.

Manipulo
Es un paño de unos ocho cm de largo y un metro de largo atado a la muñeca izquierda que usaban los clérigos para limpiar sudor, la nariz, las manos, luego se convirtió en un adorno de rango o distancia.

Manteo
Es una capa larga hasta los pies que algunos sacerdotes llevaban sobre la sotana antes del concilio Vaticano II.

Mantilla o velo
Es una prenda de gasa o encaje que cubría la cabeza de las mujeres para entrar a la iglesia antes del Concilio Vaticano II.

Palmatoria
Se llama palmatoria a una candela portátil con mango largo que se utilizaba para iluminar en el momento de dar la comunión.

9.6.08

EL MATRIMONIO CATÓLICO. PROTOCOLO.III

Antes de comenzar advertimos que este artículo, que complementa a los dos anteriores dedicados al matrimonio católico, no es tema de liturgia sino de usos y costumbres sociales, de protocolo. Sin embargo hemos creído oportuno publicarlo para completar todos los aspectos del que debe ser uno de los días más felices en la vida de cualquier persona.
El protocolo del día de la boda comienza con la donación del ramo de la novia, que tiene lugar en su casa por parte del padrino.
El novio sale de su casa acompañado de su madre y la novia lo hace acompañada de su padre. El coche adornado pasa a recoger a la novia, a quien acompañará el padrino. El novio llega por separado, acompañado por la madrina. Los primeros en llegar a la iglesia deben ser el novio y la madrina. Éstos deberán esperar a la novia en el altar de la iglesia (y no esperar fuera como hacen la mayoría de la gente en la actualidad). Lo mismo vale para los invitados, que deben esperar a la novia en el interior del templo. Ingreso de la novia
Según la tradición la novia entrará del brazo izquierdo de su padre o de quien eligió como padrino y entra en la iglesia mientras suena la inevitable marcha nupcial. Si hay damas, pajes o niños de arras, éstos entran detrás de la novia, vigilando no pisar la cola del vestido. Tanto el padrino como el novio ofrecen su brazo izquierdo a su acompañante femenina. Como norma puede decirse que los varones ofrecen su brazo izquierdo a sus acompañantes femeninas. Dentro de la iglesia deben estar acomodados el resto de los familiares, testigos y el novio con la madrina. El orden de honor suele ser: padres, padrinos, hermanos, abuelos, tíos, primos y amigos.
Colocación
Una vez que la novia ha llegado al altar la colocación en el mismo de izquierda a derecha es como sigue: la madrina, la novia, el novio y el padrino (siempre mirando hacia el altar). Los testigos de cada uno se sitúan a lado correspondiente (si van por la novia a la izquierda y si van por el novio a la derecha). Los familiares también se deberían colocar en su lado correspondiente (aunque es una práctica poco llevada a cabo). A la derecha se sitúa la familia de la novia y a la izquierda la del novio. Se suele dejar este tipo de colocaciones para bodas muy formales. Los contrayentes pueden invitar a la ceremonia a un organista, músicos o coros para que solemnicen la ceremonia. Es conveniente que estos músicos estén familiarizados con el rito.
Los novios, como ya se dijo, pueden elegir las lecturas dentro de las propuestas, pero siempre con la aprobación del celebrante.
Cortejo de salida
La salida de la iglesia es: los novios del brazo, detrás los padrinos y los niños de arras y las damas de honor. Si los padres no son los padrinos, pueden salir el padre de la novia del brazo de la madre del novio, y el padre del novio del brazo de la madre de la novia. Al salir, se produce la molesta e inevitable lluvia de arroz (aunque en algunos casos se lanzan pétalos de flores y se aplican otras costumbres). Si durante la boda hay un servicio de fotógrafo y vídeo contratados, deberán ser lo más discretos posibles y no hacer ruido o molestar. Los nuevos esposos marchan juntos en el automóvil.
Los padrinos y testigos
Los padrinos y los testigos tienen un papel importante en las bodas, aunque su función ha perdido protagonismo con el tiempo. Los padrinos son los que "oficialmente" entregan los novios a la "otra parte" y los testigos se encargan de testificar, con su firma que el matrimonio se ha celebrado.
De forma habitual los padrinos suelen ser los padres y las madres de los contrayentes y, concretamente, la madre del novio y el padre de la novia
Los padrinos tienen que vestir de acuerdo con la ceremonia. Suele ser tradición que el padrino lleve los anillos a la iglesia, donde se los entregará al novio y éste, en su momento, se los dará al celebrante. Tanto el novio como la novia, tendrán un par de testigos, que pueden ser hombres o mujeres. Normalmente suelen ser amigos íntimos o miembros de sus familias.
A lo largo de la ceremonia el sacerdote reclama los anillos que se colocan por lo general en el dedo anular derecho. Tanto los anillos como las arras se entregan en este orden: esposo a esposa y esposa a esposo. Las alianzas las suele tener el padrino y las arras la madrina, excepto si hay niños de arras, que son lo encargados de llevarlas.
Quiénes invitan
Por lo general una tarjeta de invitación la encabezan los nombres de los padres de la novia a la izquierda (tarjeta doble), seguido por los padres del novio a la derecha, debajo de lo cual se indica "tienen el placer de invitar al matrimonio de sus hijos". Seguidamente se colocan los nombres de los contrayentes en una misma línea. Luego se indica la fecha, hora, lugar de la ceremonia. Se añade en el extremo inferior derecho la hora y dirección de la recepción y a la izquierda la dirección de los padres de la novia o del lugar de la lista de bodas o la indicación de que no hay lista de bodas.
En caso de padre fallecido de alguno de los novios: En estos casos, puede ponerse en el lugar correspondiente el nombre del padre fallecido acompañado de una cruz. Padres divorciados y/o vueltos a casar: Según dictan las reglas de protocolo, sólo deben invitar a la boda de los novios los padres biológicos de los mismos, independientemente de si se han separado, divorciado, vuelto a casar... No obstante si resulta que alguno de los novios creció sin alguno de sus padres y/o lo crió una tercera persona, esa tercera persona puede aparecer invitando a la boda.
También los novios pueden invitar ellos mismos, si lo ven oportuno. Las siglas RSVP (del francés respondez s´il vous plais) se colocan al centro en la parte inferior de la invitación para fiestas de gala, indicando que los novios esperan recibir la confirmación de su asistencia.
Vestuario
Si la boda es por la mañana o primera hora de la tarde, las señoras deberían vestir de corto, hasta la rodilla, o tipo cóctel, un poco por debajo de la rodilla. Por la noche, de largo. Los hombres suelen vestir de chaqué o bien traje oscuro, dependiendo de los requisitos. En el caso de los militares y otros cuerpos pueden vestir su uniforme de gala. En el caso de las señoras se permiten, durante el día, las mantillas, pamelas, tocados y complementos similares, siempre atendiendo a la prudencia y discreción de los invitados.
En lo que respecta a los colores deben evitarse el blanco (propio de la novia) y el negro. Las señoras que lleven prenda de cabeza permanecen con ella puesta durante la ceremonia, en cambio los varones al entrar en la iglesia se quitan su prenda de cabeza, incluyendo a los militares.
Terminamos. Todo lo anterior sería pura frivolidad o escaparate social si faltase lo más importante: el amor de los cónyuges y su proyecto cristiano de vida en común.
Jesús Luengo Mena

30.5.08

EL MATRIMONIO CATÓLICO: RITOS Y LITURGIA II

En este artículo vamos a centrarnos en la liturgia específica del matrimonio y más concretamente del matrimonio dentro de la Misa.
El matrimonio se celebrará normalmente dentro de la Misa. También puede hacerse fuera de la Misa, siguiendo el ritual. Debe expresarse el carácter festivo de la celebración –flores, música, cantos– así como su aspecto comunitario. Lo ideal sería que la comunidad parroquial –no sólo los invitados, familiares y amigos– asistieran a la celebración. Sin embargo más bien pasa lo contrario: si una persona entra en la iglesia y ve una boda tiende a salirse, al pensar que “sobra” en esa celebración. Craso error.
Para el matrimonio dentro de la Misa hay dos formularios, que nos ofrece el libro del Ritual del Matrimonio. Se dice la Misa ritual, excepto en algunos días y domingos en que hay que decir la Misa del día. Las vestiduras de los ministros son blancas.
El sacerdote, revestido de alba, estola y casulla recibe a los novios. Puede hacerlo en la puerta del templo y bien recibirlos en el presbiterio. Tras el canto de entrada –que suele sustituirse por una marcha nupcial aunque no sea muy litúrgico– comienza la Misa con los ritos introductorios.
La Liturgia de la palabra ofrece muchas lecturas para elegir por los novios, pudiendo hacerse tres.
Tras la homilía se procede al rito de celebración del matrimonio, que consta de varias partes:
· Monición
· Escrutinio, en el cual se les interroga a los novios sobre su libertad y aceptación voluntaria
· Consentimiento. Al darse la mano derecha se establece se establece un diálogo entre el novio y la novia: Yo...te recibo a ti...como esposa... Hay varias fórmulas para este consentimiento.
· Confirmación del consentimiento
· Bendición y entrega de los anillos. Tras ser bendecido el esposo introduce en el dedo anular de la esposa el anillo y lo mismo hace la esposa con el esposo.
· Bendición y entrega de las arras. Este rito sólo se realiza a veces, si es costumbre local. El esposo entrega las arras a la esposa y la esposa al esposo.
Terminado el rito se reza la Oración de los fieles y comienza como de costumbre la Liturgia eucarística. El Ritual ofrece Prefacios propios para elegir.
Otro elemento muy importante en el rito se produce tras el Padre Nuestro. Se omite el “Líbranos de todos los males...” y el sacerdote pronuncia la bendición nupcial, que NUNCA debe omitirse. Hay varias fórmulas para la bendición. Antes de la bendición nupcial tiene lugar, cuando se realiza, el rito de la velación, como signo tradicional y expresivo de la unión indisoluble que el Sacramento ha realizado entre los esposos. El velo, de color blanco y rojo, se coloca sobre la cabeza de la esposa y los hombros del esposo. Se retira al acabar la bendición nupcial. Si los esposos comulgan lo hacen bajo las dos especies.
La bendición sobre el pueblo será triple y, una vez acabada la Misa, los testigos y el sacerdote firman el acta del matrimonio. Puede hacerse en la sacristía o en presencia del pueblo, pero no debe hacerse sobre el altar.

17.5.08

EL MATRIMONIO CATÓLICO: RITOS Y LITURGIA I

Vamos en una serie de tres artículos a tratar sobre el matrimonio católico: sus requisitos, su liturgia y su protocolo.
En este artículo inicial veremos algunas cuestiones previas al matrimonio.
En primer lugar hay que afirmar que la Iglesia respeta y reconoce el derecho de cualquier católico a contraer matrimonio con cualquier persona de sexo contrario, sin distinción de credo o religión. Así pues, son lícitos los matrimonios celebrados según el ritual correspondiente entre parte católica y parte o bien cristiana –de otro credo– o de otra religión, aunque este ultimo supuesto lo desaconseje. Son los llamados matrimonios mixtos. En cualquier caso la parte católica debe pedir las licencias oportunas.
En estos artículos sólo vamos a tratar de los matrimonios entre católicos.
Partimos de la base de que todo católico tiene la obligación de contraer matrimonio eclesiástico, ya que entre bautizados no puede haber contrato matrimonial valido que no sea por eso mismo sacramento (CDC 1.055.2). El matrimonio civil de los bautizados sería considerado por la Iglesia como concubinato.
Cuando una pareja decide casarse debe hacerse estas preguntas:
¿Cuándo casarse? Para las normas de la Iglesia cualquier día del año se pueden celebrar matrimonios, exceptuando el Viernes y Sábados Santos. Determinados domingos y tiempos del año litúrgico hacen que no pueda decirse la misa ritual sino la del día e igualmente pasa con las lecturas. Aunque no haya restricciones, la Cuaresma no es litúrgicamente el mejor tiempo.
¿Dónde casarse? El templo más apropiado sería la iglesia parroquial de algunos de los novios, o la parroquia en la que van a vivir pero pueden, con el permiso del párroco, elegir el templo que deseen, no pudiéndoseles negar sin causa grave.
¿Quién puede celebrar el rito? Puede hacerlo el obispo, el presbítero, un diácono e incluso en casos de extrema necesidad también podría hacerlo un laico idóneo, siempre con permiso de su obispo. No se olvide que en la tradición latina los cónyuges son los que se confieren el sacramento. El ministro recibe el consentimiento de los esposos en nombre de la Iglesia y pronuncia la bendición nupcial.
¿Tienen los cónyuges que haber recibido el sacramento de la Confirmación? Sí. Si no lo han recibido deben hacerlo, salvo que surja una dificultad grave, en cuyo caso si sería lícito.
¿Tienen los cónyuges obligación de comulgar? No, pero la Iglesia considera conveniente que sellen su consentimiento recibiendo la Eucaristía. Es costumbre que, de comulgar, lo hagan bajo las dos especies.
¿Es obligatorio confesarse antes de la boda? No, pero la Iglesia lo recomienda de manera insistente. No obstante lo anterior, los sacramentos deben recibirse sin tener conciencia de pecado grave –estar en pecado mortal, tal como se decía– para que surtan su efecto santificante. Si se recibe en pecado sería válido pero no lícito, o sea, que no tendría el efecto espiritual que los sacramentos poseen.
¿Son obligatorios los cursillos de preparación al matrimonio? Sí. Puede eludirse esta obligación por motivos muy graves: por ejemplo que uno de los novios resida fuera de la localidad o en el extranjero.
¿Qué edad mínima establece la Iglesia para casarse? El CDC dice que el varón debe tener 16 años cumplidos y la mujer 14 años cumplidos. El Código Civil establece que los menores de edad no emancipados no pueden contraer matrimonio. En cualquier caso los menores necesitan autorización de sus padres y del juez.
¿Qué documentos me van a pedir? Es necesaria una partida de bautismo, que se pide en la parroquia donde se bautizó y una fe de soltería. Una copia de su documento nacional de identidad, de cada uno de los novios acompañado del original, para compulsarlo y justificante del cursillo prematrimonial completan el expediente matrimonial. Deben entregarse al menos dos meses antes de la boda. El expediente matrimonial es un documento donde figuran todos los datos de los contrayentes en el que consta su libertad para contraer matrimonio; una vez celebrada la boda es firmado por los testigos (que pueden ser varios) y los contrayentes, más el sacerdote que celebre la boda. Después se entrega el certificado de matrimonio eclesiástico, que hay que llevar al juzgado para obtener el Libro de Familia. Antes de la boda se publican las amonestaciones en la parroquia de ambos cónyuges, para ver si hay algún impedimento al enlace. Y en caso negativo ya se puede celebrar la boda religiosa.
Jesús Luengo Mena

8.5.08

ALGUNAS FRASES Y REFRANES RELACIONADAS CON LA LITURGIA Y LA IGLESIA (en clave de humor)

En este artículo vamos a explicar algunas frases o refranes, escogidas del gran número que podríamos poner, que tienen relación con la Liturgia o la Iglesia en general y de las que a veces desconocemos su origen y sentido.

Tener muchas ínfulas.
Se aplica a la persona que presume de poder o prepotencia. Las ínfulas son las tiras de tela que cuelgan de la tiara episcopal, por lo que son signos de autoridad y que ya usaban personajes poderosos del mundo romano.

Dar un baculazo
El báculo es el bastón del obispo. Se entiende popularmente por baculazo la orden imperativa y sin recurso que inevitablemente hay que cumplir, normalmente dada para zanjar alguna disputa o controversia entre partes. También se puede interpretar como abuso de autoridad.

Meapilas
Se dice de la persona que pasa muchas horas en la iglesia, dedicando gran parte de su tiempo a prácticas de piedad.

Tener bula
Esta expresión hace referencia al permiso que una persona tiene para hacer lo que a la mayoría le está prohibido. Viene la frase porque en tiempos pretéritos se compraban “bulas” –permisos– por una cantidad de dinero y a cambio la Iglesia eximía a la persona poseedora de la Bula de algún cumplimiento, generalmente del ayuno o abstinencia. Era la llamada bula de la carne, aunque existían otras muchas: de la Santa Cruzada, de difuntos, etc.

Más limpio que una patena
La patena es el platillo donde reposa la hostia que va a ser consagrada. Siempre se limpia con esmero y de ahí que cuando un objeto esté reluciente se compare con la patena.

Estar en misa y repicando
Este refrán hace referencia a las personas que quieren estar en todos los sitios a la vez. No se pueden hacer dos cosas al mismo tiempo. De igual sentido es la frase de “ser el padrino y el novio”.

Armarse la de Dios es Cristo
Esta expresión, de apariencia irreverente, hace referencia a las situaciones en las que se desencadena un gran escándalo donde todos los participantes gritan y ninguno se entiende. Parece ser que proviene de las controversias y violentos enfrentamientos surgidos en el transcurso del primer concilio ecuménico de Nicea, al discutirse la doble naturaleza, humana y divina, de Jesucristo. Iniciado en el año 325 bajo el pontificado de Silvestre I, el concilio fue presidido por el obispo de Córdoba, con la presencia del emperador Constantino. Éste había promovido su celebración para resolver la crisis desatada dentro de la Iglesia por los defensores del arrianismo. Mientras que para los católicos el Verbo, Hijo de Dios, es verdaderamente Dios, lo mismo que el Padre, para el heresiarca griego Arrio el Verbo sólo posee una divinidad secundaria. Dicho de otro modo, que para los arrianos el Verbo no es realmente Dios eterno, infinito y todopoderoso.

¡Apaga y vámonos!
Esta exclamación, que se utiliza para dar por terminada una cosa, tiene su origen en el pueblo granadino de Pitres. Al parecer, hace siglos dos clérigos de este municipio, aspirantes a una plaza de capellán, hicieron una apuesta a ver cuál de ellos celebraba la Santa Misa en el menor tiempo posible. Tras concluir los preparativos para el desafío religioso y mientras se aproximaban al altar, uno de los curas inició la misa diciendo: "Ite, Missa est", fórmula litúrgica que precedía a la bendición final. El otro, impasible, se giró hacia el monaguillo que sujetaba la vela y exclamó: "¡Apaga y vámonos!, que ya está dicha la misa".

Ni fías ni porfías, ni cuestión con cofradías
Terminamos este breve recorrido de dichos populares por uno referido a las cofradías. Este dicho popular hace referencia a que las cofradías y hermandades siempre han sido muy celosas de sus peculiaridades y privilegios, pleiteando abundantemente por todo tipo de cuestiones, ya entre ellas, ya con los párrocos, priores o con la mismísima jerarquía eclesiástica. Asimismo, estos pleitos son siempre largos, tediosos e inacabables. El libro de Carlos Romero Mensaque dedicado a este tema es muy ilustrativo.
Jesús Luengo Mena

1.5.08

LA ORACIÓN LITÁNICA O LETANÍA

El nombre de oración litánica o letanía proviene del griego “lité”, –súplica– y del verbo “litaneuein” que significa orar insistentemente. Litánico es un término genérico por el cual se designan diversas clases de oraciones de intercesión que presentan la forma de interpelación o enunciación realizada por un solista y respuesta del pueblo. La oración litánica es pues es uno de los modos de oración más comunes y la forma por excelencia de la oración coral que designa a diversas especies de oraciones de intercesión, de acción de gracias, de petición, de alabanza o de penitencia que presentan una forma de interpelación. El origen de la oración litánica ha de buscarse en una oración que se realizaba en la sinagoga, que consistía en dieciocho bendiciones en las que se enumeraban las diferentes categorías sociales de personas y de intenciones por las cuales se oraba. San Pablo, en la carta a Timoteo (2, 1-2) hace alusión a esta costumbre. También entre los paganos existía ya más o menos esta forma de plegaria. Esta forma de oración se llama en siriaco Karozuta o proclamación, que equivale a los términos kerigma en griego y praedicatio en latín.

En la Misa hay varias oraciones que tienen estructura litánica: la oración litánica penitencial del Kyrie eleison, la oración universal de los fieles y el “Cordero de Dios”. Lo que hoy se designa con el nombre de «oración de los fieles» corresponde a la llamada letanía diaconal de la antigüedad. También hay oraciones litánicas en la Liturgia de las Horas.
Pero con todo, el ejemplo más típico de letanías es la de las Letanías de los santos. Están compuestas por el Kyrie eleison y una lista de santos, aumentada en el curso de los siglos, a la que el pueblo responde con el ora pro nobis. Concluye con una serie de invocaciones que resumen las necesidades más genéricas de la Iglesia. La Iglesia utiliza actualmente las letanías de los Santos en las súplicas solemnes y en las consagraciones y bendiciones de importancia, como la ordenación sacerdotal y la dedicación de una iglesia, profesión perpetua, Vigilia pascual, bautismo y también puede usarse como canto de entrada en las misas cuaresmales, especialmente en la estacional[1]. El texto sido revisado con motivo de la reforma del calendario litúrgico, y se han publicado en el mismo volumen del calendario dos formularios, uno con el título Litaniae in sollemnibus supplicationibus adhibendae y otro con el de Litaniae pro ritibus in quibus conferuntur consecretiones et sollemnes benedictiones (cfr. Calendarium Romanum, ed. típica, Vaticano 1969, 33-39).
Otras letanías más populares son las letanías lauretanas, aunque no pertenecen al formulario litúrgico. Comienzan con el Kyrie elesion y unas invocaciones a las tres divinas personas; sigue una bella lista de alabanzas a la Santísima Virgen María, a las que se responde ora pro nobis; concluyen con el Agnus Dei. El texto más antiguo conocido se halla en un Misal de Maguncia del s. XII del que se hicieron varias recensiones. El que hoy se practica, de ordinario al final del rezo del Santo Rosario fue adoptado en el famoso santuario mariano de Loreto de donde procede el apelativo con que se las designa. El papa Sixto V, en 1587, lo aprobó para toda la Iglesia. Es conveniente puntualizar que las letanías lauretanas no son parte del rezo del rosario y pueden rezarse independientemente, aunque la costumbre extendida es la de rezarlas como colofón del rosario.
Además de las oraciones litánicas citadas existen otras formas menores: las usadas para la recomendación del alma, las letanías del Sagrado Corazón de Jesús, las del Santísimo Nombre de Jesús o las de San José.
[1] La Misa estacional o misa de recepción es aquella en la que una comunidad –parroquia o similar– recibe a su obispo que la visita de manera oficial y solemne y también la que preside en obispo en la catedral con el pueblo y concelebrantes.

26.4.08

EL AGUA BENDITA

El uso correcto y saludable del agua bendita empieza cuando comenzamos por relacionarla con el agua del bautismo, puerta de toda la religión cristiana y también de la vida eterna. Recibir el bautismo es entrar en comunión de destino con Cristo «porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido» (Gál 3:27), y es por ello hacerse miembro vivo de su Cuerpo, que es la Iglesia «porque en un solo Espíritu hemos sido bautizados todos para formar un solo cuerpo» (1 Cor 12:13).
En la liturgia, el agua es un símbolo exterior de la pureza interior. El agua es esencial para la celebración del bautismo. Significa la limpieza del pecado. "Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa "sumergir", "introducir dentro del agua"; la "inmersión" en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con El”
En la Santa Misa, unas gotas de agua se mezclan con el vino para indicar la unión de Cristo y los fieles y la sangre y el agua que brotaron del corazón de Cristo en la cruz.
La bendición con agua, usando acetre e hisopo o ramas de plantas, se utiliza como signo que nos recuerda el bautismo. Se utiliza en la misa en ocasiones especiales, como la Vigilia Pascual, bodas y funerales o para sustituir el acto penitencial, especialmente en los domingos pascuales.
El agua bendita se utiliza también muy frecuentemente como sacramental para bendecir personas o cosas.
La costumbre de hacer la señal de la cruz con el agua bendita contenida en una pila al entrar en las iglesias es un recuerdo del bautismo. No tiene sentido hacerlo al salir, sino al entrar. El sacristán o capiller debe ocuparse de que se limpie y llene la pila.

Algunas cuestiones sobre el agua bendita.

¿Cómo se debe asperjar?
Cuando se asperge a una persona u objeto con agua bendita el celebrante sostiene el acetre con la mano izquierda y el hisopo con la derecha o mejor aún, un ayudante sostiene el acetre. Como costumbre, el que es rociado con agua bendita hace la señal de la cruz, con reverencia simple.
¿Se puede beber el agua bendita?
La Iglesia no tiene ninguna instrucción que lo prohíba, siempre que no se caiga en superstición ni en atribuirle propiedades mágicas que no posee.
¿Se debe retirar el agua bendita de la pila en Adviento y en Cuaresma?
El agua bendita no se debe quitar ni en Adviento ni en Cuaresma. La Congregación para el Culto Divino ha definido: "No está permitido quitar el agua bendita de las fuentes durante la temporada de la Cuaresma." Según la Congregación, los fieles deben servirse frecuentemente de los sacramentos y sacramentales también en el tiempo de Cuaresma. Añadió que la práctica de la Iglesia es vaciar las fuentes de agua bendita para los días del Triduo Pascual (Viernes, Sábado) en los que no se celebra la Santa Misa, en preparación para la Vigilia Pascual.
¿Para qué puede usarse el agua bendita?
Con el agua bendita desde luego no repetimos el bautismo sino que hacemos memoria agradecida de él, mientras invocamos la bendición de Dios sobre nosotros y sobre nuestras cosas. De aquí el uso del agua bendita en las bendiciones de casas u otros objetos. Puede lícitamente utilizársele en aquellas cosas que tienen una referencia directa a Dios y la verdadera religión o en las que realmente transcurre nuestra vida de bautizados.
No procede usarla en los objetos de simple lujo (joyas, juguetes, mascotas…), ni en los lugares ajenos a nuestra voluntad y dedicados o propicios para lo mundano (discotecas, tabernas…), ni debería usarse con referencia a lo que potencial y gravemente puede contradecir el amor divino (armas, negocios con ánimo de lucro…).
De todo ello se deduce en que no hay en esto superstición, sino espíritu de fe y de hijos. Caso distinto es en los que se supone que propiedades intrínsecas de esas aguas benditas son las que van a mejorar la «suerte» de sus usuarios. Bien aprovechada, el agua bendita es hermoso memorial y eficaz remedio.